Eran los años 90 y la televisión abierta, con programas como El Club de los Tigritos y los cómics de Dragon Ball, comenzaba a configurar el imaginario cotidiano de Jorge Muñoz (Maipú, Santiago, 1990), diseñador, director de arte y director creativo. En aquellas tardes de infancia en Maipú, recuerda pasar horas rellenando viñetas de cómics que se inventaba.
«Copiando aprendí a dibujar… había muchos escorzos, puntos de fuga, perspectivas, muchos trazos de movimiento que fui integrando en mi memoria. Habían poses de personajes que copiaba, no calcadas, pero que sí replicaba mucho dentro de los cómics que dibujaba de niño”.
En medio de la nostalgia que trae esa época, aparece también la sensación de que esas tardes dibujando eran algo más que simple diversión: había una necesidad por entender esas líneas y los mundos que construían. Dibujar los edificios de Akira una y otra vez casi se volvió una obsesión. Más adelante, ya en la enseñanza media, la música empezó a ocupar cada vez más espacio. Estuvo en bandas, aprendió a tocar batería y guitarra y participó en la organización de tocatas en su comuna. Dentro de esos proyectos, cada integrante asumía un rol distinto, y el de Jorge terminaba casi siempre ligado a lo visual: diseñar la estética, hacer afiches, armar portadas y mover el proyecto dentro del barrio. Cada afiche, flyer o fanzine se convertía en una nueva oportunidad para experimentar.
«Era como muy multimedia lo que hacía. En vez de ocupar Photoshop, que lo encontraba mucho más complejo, usaba otras cosas menos conocidas como Fireworks, Powerpoint o hasta Paint. Me bastaba con poder editar una foto, ponerle texto, cambiar colores o jugar con las formas. Era un proceso mucho más intuitivo también».
A partir de aquellos descubrimientos gráficos junto con la música que lo acompañaba (como el hardcore y el punk) se afianzó en la idea de consolidarse en un mundo más visual. Entró a estudiar diseño y fue descubriendo nuevas técnicas y formatos que se mezclaban naturalmente con la autogestión y la escena musical en la que participaba. Así, el diseño comenzaba a transformarse en algo más que un oficio: aparecía como una reflexión sobre el contenido mismo y la manera en que las ideas podían tomar forma visual.
En ese proceso también fueron apareciendo referentes teóricos, como Guy Debord y La sociedad del espectáculo. Comenzó en su época universitaria a editar él mismo libros que le interesaban, diagramándolos y colocándoles tipografías acorde; era sustancial que el diseño se alineara con las ideas que transmitían aquellos textos.
«Me gustó esa edición de Debord que hice porque tenía detalles. La había impreso en una mica. Entonces abrías el libro y tenías otra portada aparte. Ambas cosas se superponían: el texto y la tipografía también (…) Me dedicaba horas a buscar una tipografía que tuviese sentido con lo que estabas leyendo. Me acuerdo que ocupé Matrix de Emigre para una portada de Hakim Bey. No tiene sentido tener una temática muy política en un libro y después leer todo en Arial».
Jorge recuerda que siempre tuvo muchas ganas de hacer cosas y materializarlas sobre la marcha. Con un amigo en la Villa México encontraron un cajón, un vidrio y sacaron medidas improvisadas para armar un taller de serigrafía casero. Ahí empezaron a diseñar juntos, movidos por una inquietud que iba mucho más allá de lo visual.
«Había cosas que no me gustaban estética ni conceptualmente. No solo a nivel visual, sino también vivencias. Uno viene de clase media y veía cosas que no me gustaban; lo desigual del sistema, la pérdida de amigos, la segregación, falta de oportunidades, ver gente como nuestros viejos, amigos o uno mismo, matarse trabajando solo para poder llegar a fin de mes, y si es que. Sentía que había una forma de limar esas asperezas desde lo que me gustaba hacer. Y claro, aparecía también como un deber el tener que hacer algo al respecto con las herramientas que tenía».
“Sentía que había una forma de limar esas asperezas desde lo que me gustaba hacer. Y claro, aparecía también como un deber el tener que hacer algo al respecto con las herramientas que tenía"
Con el diseño funcionando como una herramienta para enfrentarse al sistema y buscar otros caminos, comenzó FURTAR en 2015: una revista/zine ligada a la escena hardcore que se distribuía entre Chile y Brasil. El proyecto recopilaba entrevistas, fotografías y notas sobre bandas y comunidades que orbitaban la movida. En ese contexto tuvo la oportunidad de entrevistar, por ejemplo, a Kevin Seconds de 7 Seconds y a la banda Title Fight, que nuevamente se viralizó en 2026 tras años sin sacar nuevo material.
Para ese momento, diseño, autogestión y música ya empezaban a cruzarse definitivamente, cimentando las bases de su forma de trabajo. Jorge afirma:
«El proyecto nació porque en ese momento me puse a hacer fotos en tocatas. Me di cuenta de que había muchos cabros haciendo fotos también. Pero quedaban en el aire: todos las publicaban en Facebook o Instagram. Entonces fue como: ‘ya, ¿y si hacemos una publicación impresa?’, pensando justamente en que todo estaba volviéndose digital. Y ahí nació. Todo era muy colaborativo; no ganábamos ni un peso, pero me nutría».
Más adelante aparecieron proyectos como ESTAMOS BIEN y ZATTT (Zona Autónoma Temporal de Trabajo y Talento), inspirada en el libro de Hakim Bey del mismo nombre. La idea era reunir artes y oficios que pudieran dialogar dentro de una feria, conviviendo además con música en vivo. Algunos de los proyectos involucrados y que Jorge también admiraba fueron Color Support, Pillan, Shelter, Below Apparel, Alta Vida Tienda, entre otros.
Todos estos proyectos en formato feria funcionaban, para Jorge, como maneras de expiar y expandir incomodidades; formas de darles un lugar a ciertas tensiones personales, que a su vez se volvían colectivas. Desde ahí nace CRUDO, un proyecto mucho más íntimo y cercano a sus propias vivencias internas. Mientras todo esto ocurría, comenta que en paralelo siempre mantuvo trabajos formales ligados al diseño.
«El retail te come pero hay que parar la olla igual. Y a mí, que si bien estaba trabajando en lo que había estudiado y me gustaba, no era suficiente. Había cosas que quería diseñar yo, dirigir yo, producir yo. Y ahí es donde entra CRUDO».
“Había cosas que quería diseñar yo, dirigir yo, producir yo. Y ahí es donde entra CRUDO"
El proyecto no nace necesariamente como una marca de ropa, sino más bien como una especie de manifiesto personal al cual darle tribuna. En medio de la conversación aparece también una analogía recurrente: la de los proyectos como bicicletas que hay que echar a andar. La misma autogestión implica encontrar una vía para canalizar emociones, probar caminos y eventualmente lograr que las cosas avancen con mayor naturalidad, explica Jorge. A partir de esa reflexión las colecciones de CRUDO comenzaron a volverse más emocionales.
«De hecho, la frase ‘todo va a estar bien’ viene de una canción de Descendents: We. Me acuerdo que en esa época me había quedado sin pega, entonces todo era como ‘*puta la hueá*… ya, va a estar todo bien’. Y a las dos semanas encontré trabajo y seguí haciendo CRUDO; eran muy paralelas las dos cosas».
"De hecho, la frase 'todo va a estar bien' viene de una canción de Descendents: We. Me acuerdo que en esa época me había quedado sin pega, entonces todo era como '*puta la hueá*… ya, va a estar todo bien'"
Dentro de CRUDO también aparecen constantemente las rosas, una imagen que remite directamente al barrio Las Rosas en Maipú y al rosal en casa de sus padres allí. El proyecto se ha ido construyendo desde una capa que fusiona recuerdos y vivencias de su día a día y de su pasado, que terminan replicándose de forma casi inconsciente en cada colección.
«La tercera colección tenía mucho que ver con un momento en el que, sin darme cuenta, llevaba mucho tiempo en depresión. Y ahí apareció esta idea de ‘eres polvo y al polvo volverás’. Si bien no soy católico, sentía que, si la Iglesia y la religión han arrebatado tantos símbolos y elementos, tanto de la cultura occidental como prehispánica, ¿por qué nosotros no podríamos agarrar esos elementos religiosos y reconstruirlos?».
Entonces tomó ese versículo del Génesis y lo puso a circular a través de CRUDO. Decidió llevar la sesión a un restaurante italiano, que evoca la familia, la tradición y los valores occidentales, elementos con los que se sentía en conflicto por la transición que estaba viviendo en ese momento.
Finalmente, Jorge reflexiona de su rol actual como Director Creativo, de lo que ha aprendido liderando equipos y de cómo sigue habitando constantemente sus propias contradicciones.
«Espero que algún día las cosas cambien en torno al sistema. Igual siento que probablemente no va a ser así, porque es parte de la naturaleza humana. Pero al menos hacer todo un poco más vivible ya aporta en algo».
Y agrega:
«Desde el individuo vamos contribuyendo a la sociedad, y no hay mejor forma de hacer eso que tratando de empatizar. Siempre hay una forma, siempre hay algo que hacer».
Uno de los diseñadores que más admira y que, según cuenta, conecta profundamente con su filosofía es Stefan Sagmeister. De él rescata especialmente la idea de que la belleza sí puede transformar el mundo o, al menos, modificar la forma en que habitamos lo cotidiano.
«Es súper diferente cuando te encuentras con algo bien ejecutado, bien bonito, versus algo hecho a medias o solo con el objetivo de vender. Hay algo ahí que también te da contemplación, paz. Incluso hay estudios sobre cómo influye la publicidad en el cerebro humano, y no solo desde el trigger de compra, sino también desde cómo puede hacerte identificarte con una marca o transmitir un mensaje más allá de ella».
Esa misma sensibilidad es la que intenta incorporar hoy en los proyectos que dirige y la brújula que ha guiado sus iniciativas personales; algunas que aún viven, como CRUDO, y otras que han quedado en su historia como MARGINAL, su marca de cold brew. Asimismo, la ha aplicado en proyectos donde ha diseñado y dirigido la identidad gráfica, como la del Café Triciclo en Bellas Artes (Santiago) y la National Day Laborer Organizing Network (NDLON) en Los Ángeles, una fundación que brinda apoyo a los migrantes
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