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Entrevista a Nicolás Val: Kemp, un lugar para escapar en Berlín

20 de February de 2020

Una oferta laboral inesperada para trabajar con una ONG especializada en mujeres, trasladó al fotógrafo chileno Nicolás Val (Santiago, 1990) desde su hogar en Valparaíso hasta la frontera de Ucrania con Rusia, una zona en conflicto desde el año 2014. Solo iba por un mes, pero su estadía se extendió a seis, hasta que en un extraño incidente en la ciudad ucraniana de Avdiika, fue confundido por un espía ruso y detenido por militares ucranianos. Después de tres intensos días de interrogatorios, lo pusieron en libertad y, posteriormente, lo deportaron.

Sin trabajo ni planes concretos, decidió irse a Berlín como inmigrante y, con ayuda de un amigo, llegó a una ex-fábrica abandonada en la periferia del este de Berlín, en la antigua República Democrática Alemana. El lugar, conocido como Kemp, estaba habitado por gente de todas las partes del mundo, “no era una okupa porque se pagaban cien euros al mes, […] era como un manicomio en el que éramos libres de hacer la hueá que quisiéramos en un espacio inmenso”. A través de su mirada intuitiva y del flash frontal de su cámara, registró la intimidad de los que habitaban o pasaron por Kemp.

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“Kemp no era una okupa porque se pagaban cien euros, era como un manicomo”

El edificio se dividía en varios niveles: en la parte superior vivían sus habitantes y en la inferior sucedían las fiestas under de techno y house tres veces por semana, que podían durar dos o tres días sin parar. Algunos habitantes de la comunidad fueron parte de las raves berlinesas de los 90s posteriores a la caída del muro, y afirman que las fiestas en Kemp conservaban la misma vibra. Nico describe esta energía como de “evasión y melancolía, un ruido visual que subía por las paredes”.

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Cuando había fiestas intensas, los tres espacios del piso rave se llenaban de máquinas y perillas y no sólo el ruido de las máquinas se colaba por la estructura de concreto “el humo subía hasta el tercer piso y no se veía absolutamente nada, para ir al baño tenía que ponerme una linterna en la cabeza e ir guiándome con las paredes”.

En los niveles superiores del edificio Nico podía tomar fotos, pero donde ocurrían las fiestas era imposible. “Ni se me pasó por la cabeza siquiera intentarlo, si alguien te pillaba sacando fotos en la pista de baile te echaban de una”. Eso es algo habitual en las fiestas de electrónica en Berlín, a las cuales el acceso es muy restringido y la identidad de los asistentes se respeta. Por eso mismo, no hay ninguna información en internet y para entrar tienes que dar una compleja contraseña. Las normas son similares a las del mítico club Berghain, pero aquí no llegan los turistas ni los músicos reconocidos del mainstream

“En Kemp todos estaban huyendo de algo, quizá de sus otras vidas, de la policía o de la sociedad”

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Las historias detrás de los retratos de Nico Val en Kemp son infinitas. Todos estaban huyendo de algo, quizás de sus otras vidas, de la policía o de la sociedad. “A pesar de ser todos distintos, creo que todos buscábamos una vida alternativa y libre, además de un lugar que nos permitiese desarrollarnos, todos estábamos cansados y en búsqueda de algo, esas características nos reunían en la comunidad de Kemp”.

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Nico tuvo que quebrar primero la barrera del idioma, acortar la distancia cultural, ganarse la confianza de la gente y, después de un año, recién pudo levantar su cámara para fotografiar a sus compañeros y conocer sus vidas. Así fue como conoció la historia de su vecino quien también era el dueño de un minimarket en el interior del edificio, que entre los productos habituales de consumo, además vendía cerveza, anfetaminas, speed y ketamina. El fotógrafo compartió también experiencias con Rebeca, antes Ralph, quien, debido a su cambio de género, perdió a sus hijos, su familia y su trabajo. 

En Kemp, a veces algunos asistentes a las fiestas lograban superar el primer piso y llegar al segundo. Este fue el caso de Mandy, nadie sabe cómo logró subir y pernoctar ahí por varios meses hasta ser expulsada de la casa por ganarse mala fama. También conoció a Omar, un pintor esquizofrénico finlandés que tenía un departamento amoblado en pleno centro de Berlín, pero prefería vivir en Kemp y navegar su propio mundo paranoico.

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“Kemp era un paraíso de almas perdidas, de niños gigantes”

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Lastima que no hay paraíso que dure por siempre. Llegó una orden de desalojo a la comunidad, y apenas cumplido el plazo de entrega del edificio y en plena medianoche, llegaron varios matones armados con palos que estaban a cargo del desalojo. “Entraron a la mala gritando ‘¡fuera, fuera!’, rompiendo las puertas y todo lo que se topaban, pegándole a la gente. Mi novia y yo agarramos unas pilchas y salimos a robar un carro de supermercado para volver por el resto de nuestras cosas. Nos tomó cinco días poder entrar porque los matones se quedaron protegiendo la entrada, no pudimos rescatar todo y fue una pérdida material importante además del fin del sueño”. 

Después del desalojo, Kemp dejó de existir, o por lo menos dejó de ser lo que era en los dos años y medio que Nico vivió allá, con algo de melancolía y tristeza nos relata… “Fue difícil lidiar con la idea tradicional del hogar, porque naturalmente uno busca espacios que se asimilen a los uno ha vivido, y al principio fue duro. Me pregunté ¿quiénes son estos pelacables que le pegan a las paredes, venden drogas en los pasillos, gritan y no duermen? Había miedo a lo desconocido, no había códigos para guiarse, cada uno velaba por lo suyo, era un paraíso de almas perdidas, de niños gigantes. Venía con una adrenalina muy alta producto de la guerra y siento que en mi paso por Kemp nunca la bajé”.