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FOTOLIBRO “EL BOLSILLO DEL DIABLO”: EN EL NORTE DE PERÚ MANDAN LOS BRUJOS

El norte del Perú tiene una luz que no se encuentra en Lima. No es esa claridad gris y cortante de la capital, sino una que parece emanar de la tierra misma, de las huacas, antiguos lugares sagrados que pueden ser templos, cementerios o montañas, de los cerros donde aún se hacen pagos. Una luz más oscura. Esa luz persiguió Roberto Cáceres por carreteras de polvo y pueblos de nombre ancestral: Huancabamba, La Huaringa, Ferreñafe, Chiclayo. Lo que buscaba no podía verse a pleno sol: ocurría de noche, con el cactus San Pedro en la sangre y el canto de los brujos, hechiceros y curanderos abriendo con sus rituales, la noche y la oscuridad.

Antes de internarse en ese mundo, Roberto se formó en periódicos de circulación masiva como Comercio y La República del grupo Epensa. «Todos los días haces fotos, es como estar en un gimnasio«, dice. Pero su ojo siempre apuntó a otro lado: desde niño, el ocultismo y el terror lo reclamaban. Esa obsesión encontró su forma en El bolsillo del diablo, fotolibro de culto publicado en 2017. No hay en él una sola foto de día. Todo ocurre en la penumbra, donde lo real del documental y lo sobrenatural se encuentran.

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El acceso a ese mundo no se negocia con credenciales. Se gana con la paciencia y la suerte de encontrar a la persona indicada, esa que te permite el acceso. Para Roberto, esa persona fue un taxista de Huancabamba que lo llevó con su padrino, el curandero Cipriano Zurita. Ahí comenzó el viaje y su obsesión.

«Siempre he tenido, no sé si es un don o suerte, de llegar a la persona indicada y que esa persona me dé la confianza. Cipriano me la dio. Me explicó el procedimiento: en la noche empieza la mesada, todos han tomado cactus San Pedro. Es totalmente oscuro. Al principio era difícil: ¿qué hago si no veo nada? Me ayudaba con una linterna, a veces metía flash, pero reventaba todo».

La mesa curandera tiene una composición sagrada que Roberto aprendió a descifrar. «Tiene tres partes. A la derecha, el sincretismo cristiano: cruces, santos. En el medio, la parte curandera. A la izquierda, lo pagano: símbolos incaicos, huacos, piedras, huesos de huacas. El maestro está con varas de metal, como antenas de energía. Los ayudantes, los ‘ramplas’, son como guardaespaldas espirituales del brujo o curandero. Estaban colocados en los puntos cardinales para protegerlo mientras él está en lo espiritual, curando o luchando. Mi motivación era total, estaba obsesionado. Quería saber, quería ver. Después quise conocer a los maleros, los brujos que hacen daño. Llegué a gente real: narcos, jueces corruptos, policías. Algunas personas que fotografié ya están muertas. Los matan otros brujos». 

"Siempre he tenido, no sé si es un don o suerte, de llegar a la persona indicada”

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Roberto guarda casos que lo persiguen. «Conocí casos reales. Un amigo, alto funcionario del Estado, se volvió impotente de la noche a la mañana. Fue al urólogo, a psicología, nada. Un ayudante le confesó: ‘le han hecho un trabajo. Le robaron el semen, lo metieron en un huevo de gallina negra y lo enterraron en luna menguante’. Fue a leerse las cartas y le salía un trabajo oculto. Lo mandaron al norte. El maestro le hizo una limpia, le dio un brebaje y botó por la boca una bola de pelos de mujer”. 

Un libro sobre la oscuridad no podía estar iluminado por la luz del día. Esa fue la primera decisión estética de Roberto. «En el libro no hay ninguna fotografía de día. La idea es que entres y no haya una salida, un bucle. El color rojo lo puse por La semilla del diablo, como el estado de los brujos cuando toman cactus San Pedro y la realidad se transforma. Cuando empecé a buscar a los maleros, a los que hacen daño, me di cuenta de que a ellos no se les podía fotografiar haciendo sus trabajos. Entonces comencé a registrar los insumos que usan. Es como en un crimen, cuando reconstruyen la escena con los objetos. El sapo en el norte representa el daño, es un instrumento de dolor. El murciélago es el opuesto de la paloma, el mensajero del mundo oscuro».

Quien hojea El bolsillo del diablo se enfrenta a un espejo incómodo. Roberto lo sabe: muchos se reconocen en sus páginas, pero pocos lo admiten en voz alta. 

«La gente que cree en la brujería nunca te va a decir ‘yo sí creo’. Es como el que ve pornografía. Les da vergüenza, porque piensan que es de ignorantes, que en pleno siglo XXI se sigan pensando ese tipo de cosas. Pero lo que me sorprende es que la brujería, el curanderismo, está tan arraigado en la sociedad que desde una humilde ama de casa hasta CEOs de bancos, de empresas muy importantes, recurren a ella».

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“Cuando empecé a buscar a los maleros, a los que hacen daño, me di cuenta de que a ellos no se les podía fotografiar haciendo sus trabajos. Entonces comencé a registrar los insumos que usan”

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Ahora, Roberto cierra un ciclo y abre otro. Termina un documental de 17 minutos donde registró a quienes nunca aceptaron ser filmados: el curandero Ramón Fernández, Cipriano y una bruja de Lima. En fotografía, tras años de trabajos comerciales, retoma su mirada autoral con una nueva obsesión: quienes viven recluidos, en la soledad de los Andes o bajo puentes en Lima.

El bolsillo del diablo se cierra pero no termina. Porque los rituales continúan en alguna huaca, en alguna mesa del norte, con el San Pedro ardiendo en la sangre de los que vinieron a pedir daño. Roberto solo estuvo de paso. Los brujos se quedaron ahí, mandando. Y en ese territorio, los maleros aún entierran sus paquetes, los sapos aún botan su baba y los maestros aún pelean con espadas contra lo que nadie más puede ver, solo sentir. La magia y la brujería continúa viva. 

Conoce más de su trabajo en @robertocaceres.fotografo

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