Motoyuki Daifu (Tokio, Japón, 1985) volvió el epicentro de su obra aquello que fue su atmósfera familiar mientras crecía: una familia japonesa numerosa de siete integrantes que convivían bajo un mismo techo, entre olores, gustos, aliños, afectos, diferencias y emociones. Los días largamente vivos oscilaban entre cuartos de papeles murales tradicionales cargados de información, manteles coloridos y comida hecha en casa.
Recuerda que de pequeño le gustaba mucho dibujar y que, especialmente, se le daba bien hacer dibujos realistas. Con el tiempo, este impulso artístico se fue robusteciendo hasta convertirse, en sus últimos años universitarios, en una forma de habitar el mundo:
“Empecé a sentir que quería vivir creando algo, expresándome de alguna forma. Fue entonces cuando elegí la fotografía”.
Al recordar esos días previos a graduarse, aparece también un personaje clave en esta decisión: su padre. Fotógrafo, contaba con todos los implementos necesarios para comenzar a cimentar ese rumbo, funcionando incluso como una figura cercana a un mentor:
“Asumí que podría enseñarme si había algo que no entendía. Además, crecí en una familia de cinco hermanos y no teníamos muchos recursos, por lo que también era consciente de que podía usar su equipo”.
Su visión se fue develando de forma orgánica. En 2005 decidió entrar a estudiar fotografía y el proyecto que llevaba años “practicando” comenzó a tomar forma. No se trataba precisamente de una relación familiar estereotípica: los roces también predominaban dentro del cariño, en la convivencia de un espacio pequeño y precario donde, aun así, la vida y sus sutilezas se filtraban constantemente.
“Cuando empecé a fotografiar a mi familia, no necesariamente los veía de forma positiva. No teníamos mucho dinero, la casa estaba desordenada, éramos cinco hermanos, así que todo era caótico y apretado. Además, mi relación con mis padres no era especialmente buena. Creo que observaba a mi familia (aunque muy cercana) con cierta distancia, casi como si los mirara desde arriba. Esa distancia probablemente se reflejó directamente en las fotografías”.
“Creo que observaba a mi familia (aunque muy cercana) con cierta distancia, casi como si los mirara desde arriba. Esa distancia probablemente se reflejó directamente en las fotografías”
Motoyuki recuerda que, cuando comenzó a mostrar estos proyectos en la universidad, tanto sus pares como profesores se interesaron rápidamente. Los tonos saturados, la convivencia entre cotidianeidad y desorden, y la vida familiar en Tokio generaban una reacción inmediata:
“Las fotos de mi familia eran las que generaban reacciones más fuertes. Fue ahí cuando entendí que lo que para mí era completamente normal en mi entorno familiar podía resultar extraño o particular para otros. Fue la primera vez que noté que algo cotidiano en mi vida podía adquirir una cualidad distinta a través de la fotografía”.
“Entendí que lo que para mí era completamente normal en mi entorno familiar podía resultar extraño o particular para otros”
Este íntimo diario visual comenzó a expandirse más allá de sus registros personales, tomando forma en fanzines y publicaciones hechas a mano como LOVESODY (2022), YOLO (2022), HOLY ONION (2019) y Still Life (2016). En ellos retrata la sobremesa japonesa y sus elementos, produciendo algo casi sinestésico: imágenes cargadas de capas de tradición, pero también de gestos mínimos, rutinarios, como su madre llorando mientras corta cebolla en una serie análoga.
Motoyuki va espigando, a través de la fotografía, lo imperceptible de lo doméstico —o más bien, aquello que no parece lo suficientemente relevante como para convertirse en obra— y que solo puede ser documentado, espigando, por quien habita un espacio con tal nivel de intimidad: la de convivir día a día.
Todo este ejercicio de recolección (entre archivos, recortes y zines) logró, tras 13 años (y aún en proceso), consolidarse en su fotolibro My family is a pubis so I cover them in pretty panties (2024), publicado por Little Big Man Books. Un libro de 136 páginas, tapa dura y una edición de 700 copias.
Motoyuki comenta que la edición fue el proceso más desafiante: buscaba observar el material desde un lugar más clínico que sensible, evitando caer en lo excesivamente emocional:
“Lo principal era evitar que el libro se volviera demasiado emocional. Aunque el tema es muy personal, quería mantener cierta distancia y no apoyarme demasiado en lo sentimental”.
En paralelo a sus trabajos editoriales, también ha construido una relación con la marca Supreme, donde ha desarrollado distintos proyectos como fotógrafo y director creativo. Motoyuki comenta que la marca se mueve también con una dinámica familiar, por ejemplo, muchos de los “modelos” son el personal de las tiendas. Comenta que parte de ese trabajo se cruza con su proyecto editorial SECTION, donde selecciona artistas contemporáneos con los que busca construir vínculos, intersectando miradas mientras asume también los roles de editor, diseñador y diagramador:
“El libro SECTION en sí mismo es un experimento para redefinir lo que significa ser un artista hoy”.
Así, su práctica se despliega en múltiples direcciones: una dimensión íntima, casi de diario, donde su familia, sus gustos y su forma de habitar el mundo se vuelven protagonistas; y otra, más abierta, donde reúne destellos visuales para construir un espacio que funcione como herramienta de comunicación e inspiración para otros artistas.
Conoce más de su trabajo en @motoyukidaifu



