Victor Castillo

Varios | Por hace 6 años.
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VICTOR CASTILLO
Texto/ Tamara Meruane

“Fuera de Chile nunca me preguntan por mis estudios, simplemente no les interesa”

“Nunca olvidaré las palabras de mi primer galerista cuando me dijo: ‘queremos que pintes y que no te preocupes por lo demás’ ”


Sitio web: www.victor-castillo.com

Fantasías animadas de ayer y hoy

Le han dicho que su obra es oscura, cómica, tenebrosa, incluso racista. Lo cierto es que a nadie deja sin opinión. El imaginario de este artista chileno, que se ha hecho un espacio en el extranjero, es infinito, sin pelos en la lengua, tremendamente atractivo producto de la combustión pictórica proveniente de la ilustración y los arquetipos de la cultura pop norteamericana.

Un niño sentado en su hogar mira sin pestañear los dibujos animados que pasan por la televisión. Luego se entretiene dibujándolos. El calor primaveral en Ñuñoa se siente y el pequeño se divierte en el diminuto mundo de su casa a pasos del Estadio Nacional, sin saber lo que sucede ahí. Es la época de la represión y la dictadura en Chile, de la censura. Pero para él todo sigue sin mucha novedad. Los domingos, en el cine, disfruta de la grandilocuencia de Hollywood y otros días observa con atención el arte de las carátulas de los vinilos de Pink Floyd o Jean Michel Jarre en casa de sus tíos. El pequeño Victor Castillo no sabe aún que quiere dedicarse al arte, pero de a poco su imaginario se va llenando de figuras y formas de la cultura norteamericana.

Llegada su adolescencia, entra a estudiar arte en la Pontificia Universidad Católica, consciente de lo poco lucrativa que puede llegar a ser la carrera. Al principio aprende mucho y se motiva, sin embargo, la imposición de algunos tipos de discursos que no le agradan, lo desilusionan hasta perder el entusiasmo. No se siente identificado con la escena local. Además, en el último año ya le han advertido que puede tener graves problemas si profundiza en temas como religión, sexo o política. Terminan expulsándolo por razones burocráticas sin el más mínimo sentido. Ya no hay dictadura, pero continúa la censura.

¿Por qué te echaron?

Me expulsaron de la Católica por razones burocráticas muy aburridas. Aparte, también había tensión por temáticas complicadas en relación a la universidad. Pude haber luchado, insistido en continuar los estudios, pero tomé la decisión de no hacerlo el día que teniendo la carta de suspensión en mis manos, el profesor encargado de evaluar mi proyecto de tesis no quiso ver mi trabajo “por tener un día de retraso”. Y me sumó un año más a la carrera. Me sentí tan estafado que en ese momento fue evidente el absurdo y lo complicado de estar allí. Ese mismo día tomé mis cosas y me fui. Nunca más puse un pie en ese escalofriante lugar. Fue una liberación porque me sentí excarcelado de la negativa influencia que significó estudiar arte, donde nunca me sentí cómodo. Además, ¿es necesario el título para ser artista? Fuera de Chile nunca me preguntan por mis estudios, simplemente no les interesa.

¿Por qué te mudaste de Chile?

Bordeando los 30 años se me hizo evidente el poco futuro que me esperaba como artista en Chile, a pesar de que insistía en la producción. La situación era precaria y al final me sentía aislado y sin futuro. De verdad que no tenía claro si el problema era yo o el medio, quizás eran ambos. Entonces me invitaron a exponer a Barcelona y ahí todo cambió bruscamente.

Un par de años antes había comenzado a tomar influencias desde internet y me había decidido por la pintura. En Buenos Aires compré las revistas Blab! y Juxtapoz, por medio de las cuales descubrí el low art, el surrealismo pop, el graffiti y muchos de los artistas que me influenciaron después. Entonces, cuando llegué a Barcelona, descubrí que estaba en sintonía a pesar de que venía de tan lejos, porque estas corrientes nacidas en Los Ángeles y San Francisco se habían expandido rápidamente por la red. Y ahí comenzó todo…



¿Cómo fue llegar a trabajar en otro país?

Fue lo mejor. Todavía me sorprende lo rápido que se dio todo, fue casi automático. Gracias a la excelente recepción de los organizadores del Bac! Festival de Barcelona y al entusiasmo y compromiso del director de la galería Iguapop, me sentí en casa rápidamente. Las opciones se multiplicaron, nunca más me preguntaron por mi currículum o por mis estudios. Los primeros meses fueron muy intensos, entre el vértigo de la velocidad de los acontecimientos y la oleada de buenas críticas que al principio me costaba creer, o entre los cambios para adaptarse a una cultura distinta y conocer tanta gente nueva. Poco a poco me fui reconstruyendo en este nuevo espacio de libertad.

¿Ahora que estás lejos, cómo ves a Chile?

Aunque preparo una exposición con Galería Moro, no puedo decir mucho porque estoy desconectado. Sin embargo, me da la impresión de que la escena local chilena, a pesar del aislamiento que vive, está más en sintonía con respecto a las corrientes internacionales. Con la globalización más gente viaja acarreando influencias y hay un montón de gente joven haciendo cosas interesantes. Pero si comparas, te encuentras con una economía débil que aún no ha generado el mercado para una escena próspera. Sigue siendo un lugar pequeño y competitivo.

¿Qué le falta a nuestro país para llegar a la adultez artística?

Supongo que educación y sensibilidad, libertad y pasta.

¿A qué otros artistas chilenos destacarías?

De las artes visuales me gustan Norton Maza, Cecilia Avendaño, Papas Fritas, Guillermo Grez, Magdalena Atria y un montón más.



El pintor y la fábrica de salchichas

En la obra de Castillo se repiten las salchichas, Pinochos, payasos y penes, como una sátira del placer de la crueldad. Representaciones que también juegan con la idea de lo bueno convertido en su opuesto y que, según el autor, son extraídas de la publicidad para niños, donde se hace evidente “cómo nos mienten, manipulan y acondicionan desde pequeños”. Y mientras habla de esto, recuerda los días en que solía ver los dibujos animados en la televisión, pensando que en su barrio todo estaba en calma.

¿Cómo derivó tu pintura en esto? ¿Qué pintabas antes?

Fue un proceso largo, que se aceleró cuando me alejé de la escuela de arte. El paso definitivo fue asumir la caricatura sin pretensiones como un medio en el que me sentía más cómodo para expresarme.

¿Qué pasó en tu vida, que comenzaste a desarrollar tu obra de este modo?

Sin duda emigrar al lugar indicado me permitió dedicarme a la pintura. Nunca olvidaré las palabras de mi primer galerista cuando me dijo: “queremos que pintes y que no te preocupes por lo demás”. ¿Qué más se puede pedir? Barcelona fue la plataforma desde donde me proyecté al mercado internacional.



Tu obra es muy crítica y desde mi punto de vista bastante anti imperialista. De hecho me recuerda a ese libro “Para leer al Pato Donald”… Ahora que resides en Los Ángeles, ¿qué nueva perspectiva toma tu obra en relación con esto?

Efectivamente, todo está lleno de estereotipos y mensajes subliminales. De alguna manera siento que cierro un círculo estando en Estados Unidos, porque desde aquí vienen muchas de las influencias que me bombardearon desde la infancia; cuando mientras en Chile se vivía la dictadura, yo miraba en la televisión los dibujos animados hechos en el país que auspició el golpe militar.

Las circunstancias se fueron dando y me trajeron hasta aquí; y nunca está de más ser testigo de una cultura a veces fascinante y otras terrorífica.

¿Cómo es la percepción de tu obra por parte de la gente de otros países?

Me han dicho de todo, que es directa, oscura, cómica, tenebrosa, incluso racista. En una ocasión un anciano en Berlín se pasó largo tiempo en una inauguración frente a un cuadro, hasta que finalmente habló conmigo. Ahí me comentó sobre la peste en la Edad Media y de qué modo los rostros sin ojos, como máscaras de los personajes, le recordaban la guerra. Él veía en ese cuadro el rostro de la muerte avanzando sobre Europa. Por lo visto mi obra causa gracia, y en otros casos también desagrado, o las dos cosas a la vez. Me suelen decir que no me veo como una especie de loco en comparación a mis cuadros.