Tomas Munita

Varios | Por hace 6 años.
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TOMÁS MUNITA
Texto/ Tamara Meruane

“Me gustaría que más fotógrafos que laboran en prensa se atrevieran a realizar trabajos de largo aliento”

“No hay nada mejor que ver tus fotografías bien publicadas al día siguiente en un periódico masivo”

“El Privilegio de ser testigo”

El ganador en dos ocasiones del premio World Press Photo, cuenta sobre sus últimos viajes, su mirada de la fotografía de prensa, la reacción de la gente en diversos terremotos, y presenta uno de sus últimos ensayos fotográficos, realizado en Perú.

Hoy responde sentado a metros del río Loa, pero el fotógrafo Tomás Munita (35) mañana podría estar en la condecoración de un presidente y luego en una protesta. Permanecer meses en medio de una guerra y luego mimetizarse con la selva. Más tarde viajar desde un campo de refugiados hambrientos en el desierto, a una pieza de hotel, mientras un editor espera en New York las imágenes que ha tomado. Porque desde el día en que tomó unas fotos de Pinochet de regreso en Chile el 2000 –y de paso fue golpeado por sus seguidores y la policía que rodeaba el lugar–, su vida tomó un ritmo vertiginoso. Vendió esas mismas fotos a AP (Associated Press) y logró un puesto como corresponsal en Panamá, desde donde cubrió eventos en Latinoamérica, Estados Unidos y Afganistán.

En este último país realizó el foto reportaje “Kabul, dejando las sombras”, que lo hizo ganar el premio Leica Oskar Barnack. También estuvo en Nepal e India, donde capturó las enmudecedoras imágenes sobre las secuelas del terremoto del 2005 en Cachemira; retratos que impactaron alrededor del mundo y que le dieron dos premios de la World Press Photo.

Pero esto que lo apasiona profundamente y que lo ha convertido en un nómade, comenzó con un gusto visual producido por las artes visuales y la poesía. De niño pasaba horas mirando libros de pintura y grabado, pero jamás se atrevió a tomar un pincel. Más tarde, la poesía le despertó un interés por las cosas desde una perspectiva mucho más profunda y abstracta, a través de la cual buscaba la esencia de las cosas. Y por eso cuando se le pregunta qué tiene que ver la poesía con la fotografía, él afirma: “el mundo que observamos también habla en un lenguaje abstracto. Recogerlo en imágenes o en palabras, es una manera de ordenarlo y abrazar la belleza. La fotografía fue mi herramienta. Más tarde me di cuenta que iba a ser mi profesión”.



Hay una sensibilidad especial en tu mirada, la cual siempre quiere develar diferentes realidades. ¿Por qué decidiste tomar este camino en la fotografía?

Los viajes me han llevado a eso. Como fotógrafo tienes la suerte de cambiar de lado constantemente, del palacio de gobierno al pueblo, del musulmán al cristiano, del pobre al rico, del chileno al boliviano, del campo de refugiados hambrientos en el desierto a una pieza de hotel y el editor esperando imágenes en Estados Unidos. En este camino ves muchos problemas producto de las mentiras y los miedos a “los otros”, pero estas diferencias se disipan y las mentiras se hacen evidentes a través de la fotografía, que se convierte en un puente que comunica a las personas.

Has viajado por muchas partes del mundo, ¿ves alguna especie de constante, algo que se repita en diferentes lugares?

En cada cultura la gente tiene su propia forma de ser. Me gustaría decir que la hospitalidad nos une… pero no. Lo que nos une es que todos siempre buscamos el bienestar.

¿Por qué te gusta el fotoperiodismo?

Como fotógrafo no siempre es fácil crear historias. Trabajar en prensa es perseguirlas. A veces hay tanto dramatismo en ellas que uno se da cuenta que tiene el privilegio de ser testigo de un acontecimiento y tiene por ende la responsabilidad de hacer un buen trabajo, sólo hay que trabajar duro y nunca dejar la sensibilidad de lado. No hay nada mejor que ver tus fotografías bien publicadas al día siguiente en un periódico masivo. Sobre todo si las fotos hablan de una realidad, de nuestra condición humana.

Fotografiaste las secuelas del terremoto en Pakistán. También estuviste en Chile el 27 de febrero. ¿Qué podrías decirnos de la reacción de la gente frente a un mismo suceso telúrico?

Es una reacción tremendamente distinta. En Pakistán, donde hubo más de 70.000 muertos, la gente estaba en estado de shock, pero tranquila, muy serena, sometida como si fuere un designio divino al que resignarse. Debían enterrar a sus muertos rápidamente como manda el Islam, volver a construir con las manos vacías y cuidar a sus heridos. Estaban tremendamente agradecidos con la ayuda que recibían y con la prensa. El terremoto en Chile fue muy, muy distinto. La gente estaba furiosa, no sé con quien: conmigo por tomarles fotos, incluso con el gobierno. Alguien me gritaba que toda la culpa la tenía el gobierno. Creían que nosotros éramos buitres alimentándonos de su tragedia –lo cual no deja de ser verdad– pero no del modo en que lo hicieron los saqueadores.



Al otro lado del río

Munita, además de destacarse por su trabajo fotoperiodístico, se ha dedicado ampliamente a realizar ensayos fotográficos en los que trabaja desde una perspectiva mucho más libre, pausada, sin las presiones de entregas rápidas que dan las agencias. Fue así como llegó a la historia que presenta en JOIA y que trata sobre una isla en Perú, donde se vive de la recolección del excremento que dejan las aves que sobrevuelan el mar.

¿Cómo llegaste a la historia de Guano?

Llegué por un periodista del New York Times. Él quiso hacer una historia corta y fui un par de días. Esa vez apenas vislumbré el potencial visual que tenía el lugar. Recién al año siguiente pude regresar. Me acompañó un periodista alemán y permanecimos más días.

El año pasado ganaste el Fondart con tu propuesta “Cosecha perdida: el desecamiento del río Loa”, ¿ya lo terminaste o vas a volver a sacar más fotos?



Estoy trabajando en eso. De hecho ahora estoy aquí, sentado a metros del río. Llevo casi dos años en esto.

¿Cómo ves la escena chilena desde afuera?

Son pocos los fotógrafos que realizan trabajos de autor, y aunque son diferentes, tienen una estética en común con la que me identifico. Me gustaría que más fotógrafos que laboran en prensa se atrevieran a realizar trabajos de largo aliento.

¿Qué le falta a Chile para madurar artísticamente?

No tengo idea, pero permanecer menos horas en el trabajo sería positivo.