Stefan Ruiz

Varios | Por hace 5 años.
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Lo raro: Cholombianos

Vivo, aprendo, viajo y me pago mis cuentas con mi cámara.



Es sábado y son las doce de la noche en el Lone Star, un local nocturno de las afueras de Monterrey, México. En la puerta se van congregando grupos de jóvenes que no pasan los veinte años, todos adornados con excéntricos peinados y coloridos ropajes, en los que se pueden ver inscritos sus nombres, apodos y consignas varias. Se saludan entre los distintos grupos, bromean unos minutos y luego entran. Una banda de cumbia sonríe en el escenario: acordeón, guitarra, bajo, percusiones y voces van tejiendo plácidas melodías colombianas, que los extasiados asistentes siguen a paso corto y ligero, todos juntos moviéndose en círculos, bailando como una tribu que gira en torno al fuego. Se trata de los cholombianos, una bizarra tribu urbana que lleva medio siglo en México cuajando al son de la cumbia colombiana.

Nadie sabe bien cómo fue que la cumbia colombiana se hizo tan popular en Monterrey. Hay tres teorías: la primera dice que los responsables fueron los traficantes de cocaína, pues es sabido que una de las principales rutas del contrabando es la que une Colombia con México. La segunda supone que los responsables fueron los sonideros (es decir, los Djs mexicanos dedicados a la música latina), que habrían traído arbitrariamente los discos de cumbia para animar sus fiestas. Y la tercera –sostenida por Antonio Hernandez, el famoso Dj Toy de Control Machete– dice que todo comenzó a mediados de siglo en San Antonio, EEUU, donde se concentraba gran cantidad de inmigrantes de muchas naciones latinas; allí colombianos y mexicanos entablaron fuertes lazos de amistad, razón por la cual cada fin de año los chicanos invitaban a sus amigos cafeteros a celebrar las fiestas navideñas a su tierra natal, que no quedaba muy lejos de la frontera; por su parte los colombianos, nostálgicos, fueron llevando de regalo muchos discos de cumbia que la gente estuvo escuchando y copiando hasta el día de hoy. Sea como fuere, desde los años 60 que la cumbia colombiana está pegando fuerte en los barrios populares de Monterrey (La Independencia y La Campana, por ejemplo), evolucionando hacia ritmos más lentos y acompasados y con letras que hablan de amor, amistad y paz, para transformarse en lo que hoy se conoce como cumbia rebajada, aquella de la que tanto gozan los cuates colombianos.

Es domingo por la tarde, esta vez en pleno centro de Monterrey. Frente a un alto edificio llamado “Latino” empieza a congregarse un montón de gente. Hay de todas las edades y de muchas zonas de la ciudad. Hay colombianos y mexicanos. Todos van vestidos pintorescamente, algunos llevan grandes escapularios con imágenes de santos y gigantescas bermudas que les llegan hasta los tobillos, otros van con camisetas con los colores de la bandera colombiana, grandes zapatillas, gorras flotantes, y los simpáticos peinados que ya se habían visto en el Lone Star: los cabellos de los costados de la cabeza muy largos y aplastados con gel (haciendo las veces de patillas), la nuca rapada dejando un mechoncito en la parte inferior, la zona más alta de la cabeza con el pelo erizado, y las chasquillas organizadas en flecos o en una línea impecable. Dicen que se trata de una combinación entre el corte hiphopero de EEUU, el reguetonero puertorriqueño y el guerrero azteca.

Allí todos estos personajes se congregan para conversar de la vida, del estilo y de la música; hacen amistades y hasta conocen nuevas parejas, pero, por sobre todo, lo que hacen es introducir monedas al teléfono público y llamar a la estación de radio que se encuentra veinte pisos arriba, en el “Latino”: la radio XEH (1420am), para pedir canciones y mandar saludos a medio mundo.



En busca de lo raro

Acá es donde aparece Stefan Ruiz, un fotógrafo norteamericano con vasta trayectoria que decidió partir a México a retratar a estos personajes. Tomó su cámara Linhof de gran formato (4×5), su Mamiya 7, las luces y el resto del equipo, y partió junto a su asistente y un camarógrafo de Vice (la revista con la cual Ruiz organizó el proyecto) directo a Monterrey. Una vez allá, visitó una tienda en la que venden ropa colombiana y retrató a algunos, esa misma noche fue a la Lone Star y fotografió a otros, y, para terminar, el domingo a la entrada del edificio “Latino” obtuvo sus últimos retratos. La operación resultó un éxito: como era de esperar en gente tan adornada, los colombianos posaron felices frente a la cámara, y no podían más de felicidad con las fotos impresas en la mano.

Este es uno de los últimos proyectos de Estefan Ruiz, quien ha publicado dos libros y se prepara para un tercero, titulado “La Fábrica de los Sueños”, que consiste en fotografías de las escenografías y de algunas situaciones ocurridas en las filmaciones de telenovelas mexicanas (proyecto en el que lleva ocho años trabajando). Ha trabajado en muchas revistas, entre las que destaca Colors, revista que dirigió durante un tiempo. Además de contar grandes marcas entre sus clientes, lo han contratado para hacer retratos de personajes como Bill Clinton y James Brown. Respecto a su carrera Ruiz nos comenta lo siguiente:

“He sido fotógrafo desde hace más de 15 años. Ha sido una vida loca, y ha sido genial. He viajado por todo el mundo. He conocido a todo tipo de personas y ha estado en situaciones muy diferentes. Vivo, aprendo, viajo y me pago mis cuentas con mi cámara. Soy muy afortunado. Pero también he trabajado muy duro. Y la desventaja es que con todos los viajes que hago es muy difícil mantener las relaciones de pareja”.



Pero Estefan Ruiz no siempre fue un fotógrafo exitoso. Tuvo que pasar mucho tiempo para encontrarse en la posición que se encuentra ahora, con mucho trabajo y el dinero suficiente para costearse sus propias ideas.

“Mi abuelo me regaló una cámara barata cuando yo tenía unos 10 años de edad y he estado tomando fotos desde entonces. Siempre supe que iba a vivir de mi arte, pero pensé que iba a ser pintor. Entonces empecé a viajar mucho, siempre con alguna cámara en la mano. Mi primer trabajo como fotógrafo fue ir durante un año a África Occidental a documentar una investigación académica (fue mi profesor de Historia del Arte quien me invitó), lo que incluyó muchas entrevistas y videos, pero sobre todo fotos. Un poco después de que regresé empecé a dar clases de dibujo y pintura en la prisión estatal de San Quintín, en California. Fue allí donde comencé mi primer proyecto fotográfico real, en la cárcel. Para financiar mi proyecto no bastaba con lo que ganaba con los cursos, de manera que tenía que trabajar como camarero en un hotel de San Francisco. Fue allí donde conocí a unos fotógrafos que estaban haciendo un trabajo para Levi`s, y que además trabajaban en la revista inglesa i-D. Entonces empecé a trabajar ahí y partí a Londres, donde hice algunos anuncios de Caterpillar que tuvieron mucho éxito, me trajeron el reconocimiento y mucho más trabajo.”

Dicho de otro modo: Ruiz se la jugó, y acertó. Veamos ahora qué va de su acierto, con estos retratos tan, pero tan raros.