Ricardo Salamanca

Varios | Por hace 6 años.
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RICARDO SALAMANCA
Texto/ Tamara Meruane

“El arte y la publicidad no se pueden disociar tanto”

“Me di cuenta de que me gustaba interpretar cosas”

Sitio web: www.salamagica.com



Pintando con el mousse

Con una extendida trayectoria en la publicidad, Ricardo Salamanca se ha distinguido en Chile y en el extranjero, gracias a su notable capacidad inventiva en el retoque digital y la ilustración. Con su estudio, Salamágica, suma premios y trabajos, con la premisa de que arte y publicidad van de la mano.

El líder de Salamágica es humilde. Pese a todos sus reconocimientos, que incluyen varias veces el bronce en Cannes, el Grand Prix de San Sebastián, de New York, de Londres, entre otros, y con casi 20 años de trayectoria, no se olvida de quien lo ayudó a comenzar en este largo proceso; cuenta que aún no aprende a cobrar y muestra sin tapujos todos los procesos a través de los cuales llega a sus impresionantes resultados.

En su estudio trabaja junto a siete personas que lo ayudan a desenvolver todo lo que tiene guardado en su cabeza y, a su vez, organizar la gran cantidad de requerimientos que tienen al año: la publicidad de un whisky internacional, una consola de videojuegos, un zoológico en Estados Unidos o algún producto en el Medio Oriente. Porque Salamanca tiene permanentes solicitudes de todo el mundo, gracias a un estilo muy particular que revitaliza el uso del efecto de la luz natural en un mundo visual cargado de saturación.



En tus creaciones hay harto de claroscuro, también de detalles como de El Bosco…

Sí. Lo que pasa es que cuando era niño siempre me fijé en los cuadros renacentistas y en cómo los pintores trabajaban en ellos con velas o con luz natural, es decir, no estaba el defecto de la cámara. Esto es que cuando está todo muy oscuro o claro, siempre se pierden detalles, lo cual no pasa con el ojo humano que es tan sensible que puedes ver una pila de ropa negra e identificar perfectamente las pequeñas cosas como las costuras. Los pintores antiguos pintaban como veía el ojo, sin el defecto. Yo he tratado de lograr eso en los cuadros, que siempre hayan detallitos, que siempre haya información. Hasta en los claroscuros de Velázquez hay algunos detalles. En los blancos sucede lo mismo. Siento que tengo más influencia de la pintura que de cualquier otra cosa.

Claro, si de niño pintabas al óleo, pero ¿cuándo fue tu primera aproximación a la ilustración?

Yo creo que de pequeño, en el colegio. Si tú ves mis cuadernos de cuando era chico, están todos rayados, no hay materia, sólo hay dibujos. En esa época me di cuenta de que me gustaba interpretar cosas. Yo creo que a la gente que dibuja le gusta interpretar. En el colegio me enojaba con un compañero y yo no pensaba en hacerle una broma o una maldad, sino que me desquitaba haciéndole una caricatura bien fea. Esa era mi venganza y yo me quedaba calladito no más. En un colegio me dijeron que si dibujaba una vez más a mi compañero me echaban, porque el tipo ya estaba traumado (ríe).

Vamos más cerca. ¿Cómo llegaste al mundo de la publicidad?

Mis tíos tenían una agencia de publicidad, la cual desapareció en la época dorada de este tipo de empresas, por ahí por la década del ochenta. Ahí yo veía cómo trabajaban, hacían fotos, frases de radio. Yo veía todo eso y lo encontraba interesante. Además mis tíos me decían que era súper rico, que se ganaba plata y me quedó dando vueltas. Después cuando terminé el colegio no tenía idea de lo que iba a hacer y me decidí por diseño. Estudié dos años en el Inacap y me fue bien. Después hice una práctica en Ogilvy, sin aún haber terminado los estudios… Ahí recibí buenos consejos de Javier Ugarte.

¿Cómo cuáles?

Que siguiera la plástica, que fuera artístico, que buscara el detalle, que hiciera lo que realmente me gustaba. Otra de las personas de las cuales recibí buenos consejos fue de Percy Eaglehurst, el dibujante. Él me enseñó a cobrar, que no lo he aplicado mucho eso sí (ríe). Percy con su sabiduría me habló del talento y del arte, pero que todo tenía que ir de la mano de lo más publicitario. Me dijo que el arte y la publicidad no se pueden disociar tanto, porque a veces uno es muy artista y por eso no te puedes meter en el mundo publicitario y viceversa, entonces hay que buscar un equilibrio.

Después de esa práctica en Ogilvy te contrataron de inmediato en Leo Burnett…

Sí. Ahí conocí a Jaime Atria, una gran persona, que también me dio la oportunidad. Un tipo seco, que me enseñó mucho. Y ahí estuve como 14 años.

¿En Leo Burnett trabajaste como director creativo o como ilustrador?

No, entré como bocetista. En el fondo yo quería ser ilustrador, y lo más cercano en una agencia es eso. Los primeros años hacía trabajos extra. Hacía los bocetos y luego me pedían a mí que hiciera el arte final. Así de a poco me fui metiendo en la publicidad y fueron dándome más libertad para crear. Era el año ‘92 y las cosas funcionaban de otro modo. Los clientes no pedían diversas propuestas como ahora. Pero les gustaba lo que yo hacía y de a poco me dejaron a mí ir creando los bocetos.

¿Se dieron cuenta que eras un aporte?

Sí, lo notaron, entonces me pedían ayuda con un boceto y yo los ayudaba. Les daba ideas y tomaban lo que yo hacía. Eso para mí fue súper bueno, una especie de periodo de entrenamiento. Así me fui desarrollando hasta que en un momento me ofrecieron ser director de arte, pero no me gustó la idea de casarme o meterme en el proceso previo a la producción, que sinceramente para mí es aburrido.

¿Por qué?

Porque cuando aquí llegan los creativos para producir una campaña, han peleado con medio mundo, han tenido que hacer 10 campañas antes de la que aprobaron y han tenido que tratar de venderla 15 veces. Ese proceso no va conmigo. Acá me llega la idea más terminada. Lo que aprobaron después de la batalla. El que sobrevivió llega para acá y me dice quiero tal cosa, aunque a veces también me piden una proposición. Entonces yo veo la idea mucho más fresca. Lo ideal es hacer una propuesta, porque es más entretenido y uno le puede mostrar al cliente los caminos a tomar.

¿Cómo es el proceso cuando te piden una pieza gráfica?

Cuando llaman a un ilustrador o a un retocador le dicen: “mira este es el boceto, quiero que quede igual o trata de mejorarlo”. Eso es en general, recién hace dos o tres años la gente está pidiendo propuestas. Antes no pedían visualizaciones de uno sobre cómo veía el trabajo, antes era simplemente: “este es el boceto, hazlo”. Hoy, incluso desde afuera, te piden una cotización pero con una solicitud de propuesta de cómo se realizará y qué técnica se utilizará. Antes era más restringido porque era foto o post producción. Hoy puede ser foto, 3d, post producción, maqueta, dibujo, plasticina, un millón de cosas.

¿Los trabajos de afuera cómo te han llegado?

Han llegado solos, gracias a los premios que he ganado. Pero además por Archive. Ahí uno va al ranking de los CGA (Computer Graphic Artist) y estoy número uno hace tiempo. Así me llegan trabajos de Turquía, Rusia, Israel, Estambul, de todos lados.


“Tenemos el ángulo perfecto para ver todo lo que está pasando”

En su estudio trabajan siete personas junto a él, y Ricardo llama a cada uno por su diminutivo. Al parecer son un equipo bien próximo y afiatado. En la oficina, ubicada en Providencia, hay especialistas en 3d, en dibujo plano, artes manuales, fotografía y retoque. Todos trabajan codo a codo con Salamanca para llevar a cabo sus exitosas y llamativas ideas, que no sólo consisten en pedidos: ahí están también proyectos personales, los cuales mantienen el impacto visual de la publicidad y lo artístico de sus influencias.

¿En qué proyectos tuyos estás trabajando?

En dos cuadros que hablan de la desintegración de la sociedad, lo cual se refleja en los niños. Hoy puedes ver niños de 12 años asaltando, el próximo año serán de ocho y el que viene de cinco. Entonces me fui al extremo y lo representé con un bebé que tiene una particularidad… Ahí lo van a ver después (ríe). He ido avanzando de a poco, pero de manera constante, porque quiero que quede como esos cuadros que uno se queda observándolos media hora buscando los detalles, y la idea es que, a su vez, cada uno de esos detalles exprese algo.



Cambiando de tema, cuéntame qué es lo que no te gusta del diseño chileno.

Que pocas veces se hable con una identidad personal. Lo que a mí no me gusta es que, por ejemplo, todos hacen explosiones. Ves en una gráfica una cara y salen miles de caras por atrás y florcitas y después sillas y más sillas. Eso lo hace todo el mundo, entonces después ya pierde el sentido. Deja de ser único. Se supone que una obra debe ser única. Además, a veces faltan cosas que decir.

¿Qué crees que le falta al arte digital en Chile para llegar a ser de nivel mundial?

Encuentro que desde acá nosotros podemos decir muchas cosas. De hecho tenemos la mente más abierta que muchos gringos. Es como cuando estás sentado en un restorán en la punta de la esquina de la última parte, ves todo lo que sucede. Los gringos están en el centro y pueden ver sólo en una dirección, se tienen que ir girando para ver todo. Nosotros tenemos el ángulo perfecto para ver todo lo que está pasando, pero a la vez eso hace que se copie mucho, pero no copiar porque te gusta copiar, sino porque queda en tu mente. Es como un dèjá vu creativo. Como que uno dice “voy a hacer esto”, pero luego te das cuenta que lo habías visto hace dos semanas en una revista… y uno jura que se le ocurrió ahora. Pero es normal que pase. Ahora, cuando ocurre, hay que saber estar abierto y botarlo para partir con otra cosa.