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Hoy es martes. Los segundos martes de cada mes, un señor canoso, flaco y con dos dientes menos, bajaba de su casa en Tulahuén hasta el gimnasio municipal y le enseñaba yoga a un grupo de discípulos. Les hablaba de sus teorias filosóficas y la búsqueda del presente. Ese señor murió hoy martes, ese señor era el fotógrafo más importante que ha tenido Chile. Ese señor era Sergio Larraín.

Sergio Larraín era hijo del arquitecto del mismo nombre, fundador del Museo de Arte Precolombino. Su familia tenía plata y lo manda a estudiar a Estados Unidos. Viajó por todo el mundo pero cuando compró su primera cámara, una Leica IIIC, su vida cambió. Disparó su cámara por muchos lugares, retrató los cerros y prostíbulos en Valparaíso, las calles de Londres, los niños vagos de Santiago, la vida de un capo de la mafia en Sicilia y el matrimonio del Sha de Irán.

A pesar de pertenecer a Magnum, la mítica agencia de fotógrafos, un día dejó la fotografía. Se fue a una pequeña casa en un cerro nortino y vivía casi incomunicado. No hablaba con su familia y casi con ningún amigo. A pesar de haber sido amigo de Cortazar, Cartier Bresson y haber compartido con los intelectuales más importantes del siglo XX, vivía sólo, enseñando su filosofía a un grupo de seguidores. Una senda espiritual que comenzó con las sicoterapias de Claudio Naranjo con LSD y que finalizó un martes de febrero en un cerro de Ovalle.