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Miles Aldridge y su visión psicodélica de la moda
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El fotógrafo inglés Miles Aldridge creció rodeado de los grandes: los Rolling Stones, Elton John o los miembros de The Who se paseaban por su casa cuando su padre, el ilustrador Alan Aldridge, les diseñaba portadas para sus discos. Por esa influencia Miles estudió ilustración en una de las mejores universidades de Londres, pero fue ahí donde descubrió que realmente no le interesaba tanto ese mundo como el de la moda. Quizá que sus tres hermanas fueran modelos le hizo avanzar hacia esa dirección de forma natural.

Para todos aquellos que estén hartos de ver modelos posando aparentemente felices y que esperen encontrar, aunque sea en la fotografía de moda, un poco más de originalidad, Miles Aldridge va a cumplir sus expectativas. Este fotógrafo, que ha trabajado para Vogue, Harper’s Bazaar, GQ, The New York Times, entre muchas otras publicaciones desde que casualmente empezó a trabajar oficialmente detrás de la cámara, deja entrever de forma clara influencias cinematográficas de Hitchcock o Lynch en sus imágenes.

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En sus series y trabajos explora conceptos, trabaja con el color, con las luces, con resultados psicodélicos de toques surrealistas. Según el propio Miles, su imaginario se enriqueció gracias a lo que su padre le enseñó. Por ello, sus fotografías son más plásticas y de composición más estudiada que otras que salgan de una sesión de fotos de moda habitual. Las últimas que tomó para Vogue Italia son un ejemplo claro de ello. Sus modelos son rígidas, estáticas como muñecas, sin expresividad, pero siempre rodeadas de color y de lujo.

Como sus propios ídolos Richard Avedon o Guy Bourdin, las imágenes de Aldridge poseen su firma, su toque especial. Su truco para conseguirlo: “ser honesto contigo mismo”. Su interés en el mundo del glamour, se mezcla con su curiosidad por la infelicidad del ser humano y el consumismo vacío, y tratar de balancear estos conceptos con éxito dentro de una estética pop le hace único. Es como el “bello” asesinato de Psycho en la ducha. Te hace sentir culpable y fascinado a la vez en un mundo ambivalente en el interior de una fotografía. Igual de ambivalente que el mundo real.