Marcos Lopez

Varios | Por hace 7 años.
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Marcos López
“Artista por prescripción médica”

Texto: Juan Pablo Andrade

“Lo que trato de aprender es el refinamiento de la cultura popular”

“La poética de la profunda América la encuentro a tres cuadras de mi casa, con relojes de Taiwán, I-phones truchos, Motochorros y no sé qué”

“Estoy todo el tiempo como si volviera a ser un estudiante del colegio secundario, jodiendo en el límite de que no me descubran y me echen a la mierda”


1958
Santa Fe, Buenos Aires
www.marcoslopez.com

Hay quienes dicen que el artista y fotógrafo argentino Marcos López (1958) es una especie de Andy Warhol, pero trucho, pirateado. Otros, más comprometidos e identificados con la función social del arte, sostienen que se parece más a Diego Rivera, que el espíritu del muralismo mexicano se encuentra presente en sus colores, en sus puestas en escena y en la simbología de cada elemento que forma parte de sus composiciones fotográficas. Quienes lo conocen en detalle, señalan que tiene un poco de ambos a la vez. Pero también afirman que en realidad Marcos López, más que un fotógrafo, es un director de teatro con alma de pintor clásico. Como si dicha caracterización no fuera demasiado, además sostienen que se trata de un artista encerrado en el cuerpo de un antropólogo inquieto, algo perturbador y curiosamente gracioso en cuestiones que no siempre vienen al caso. Para su familia y amigos, en cambio, Marcos es un tipo normal y corriente. Una persona que dejó atrás una infancia y adolescencia típicamente pueblerina para aventurarse en los extraños altibajos de la América Latina. Un hombre que se alejó de la ciudad de Santa Fe para pasar por Retiro, Atacama, Tacna y Arequipa, con destino final en Barracas, cerca de Constitución, en la ciudad autónoma de Buenos Aires. Para nosotros, Marcos López es un personaje que supo escuchar a su vocación artística. Alguien que, como bien nos dice don Nicanor Parra, pudo “brotar un mundo de la nada”. Alguien que se creó un universo propio, y que ha sabido explotarlo en una inmensa variedad de formatos, desde la fotografía a la literatura, pasando por el cine y la instalación. Un artista, en el más amplio sentido de la palabra.

Pero más allá de las opiniones, algo claro es que Marcos López se ha consolidado como una figura central del arte latinoamericano contemporáneo. Un artista de las periferias cuyas fotografías y personalidad lo han hecho digno de exportarse al Reina Sofía de Madrid, a New York, a Zúrich, a Holanda y a Bélgica, entre muchos otros destinos, y que, por lo mismo, se ha hecho justo merecedor de innumerables premios y distinciones.

Hoy por hoy, en cualquier librería amiga bonaerense es posible encontrar Marcos López, un libro recientemente publicado que sigue la trayectoria de este fotógrafo con raros aires de Warhol y Rivera. En sus páginas, además de exhibirse buena parte de su trabajo fotográfico, se encuentran textos inéditos que él mismo ha venido escribiendo con el correr del tiempo, textos livianos, simpáticos y muy precisos que buscan, a modo de fotografía verbal, retratar esos mismos escenarios y personajes de su ya reconocible imaginario pop-latino.

Con todo lo dicho, no podíamos quedarnos con las ganas de conocerlo en persona. Así que, en exclusiva para JOIA, Marcos nos recibió en su casa para charlar sobre detalles de sus obras. Sabíamos de antemano que detrás de estas complejas imágenes podíamos encontrar una idea, una reflexión, el acercamiento de un artista que ha viajado mucho y que tiene el gusto y la amabilidad de compartirlo. Acá, un recorte de los mejores momentos de la conversación.



Comienzos

Comencé a sacar fotos desde que era un jovenzuelo estudiante secundario en Santa Fe, en un ambiente de colegio de curas, de clase media católica, provinciana, con valores absolutamente estructurados, ortodoxos y clásicos. Y de una familia donde no tenía incentivo artístico. Mi vida social era con chicas de colegio de monjas, jugaba al tenis en el Jockey Club de Santa Fe. Me acuerdo que detrás del Jockey había un cementerio, y cuando la ciudad se inundaba (porque Santa Fe es una ciudad que se inunda mucho) te podías asomar y ver una especie de gran pantano con clima apocalíptico. En ese entorno, a mí me costaba encontrar un lugar. Entonces me la pasaba noches enteras en el laboratorio, que era una especie de útero, de escondite. Nadie podía entrar sin antes golpear, porque si lo haces se velan todas las fotos; entones el laboratorio era como mi lugar secreto, muy interesante como concepto de refugio. Un refugio para asilarte de tu propia familia y del exterior. Mi obra se nutre de toda una represión católica, política, estructural, por eso es que termino haciendo fotos casi como una especie de caballo desbocado. Mi aproximación al arte siempre fue una relación absolutamente sensorial, y te diría casi por prescripción médica. Como si el médico me digiera: “negro, saca todo para afuera porque si no te tenemos que internar”.

Trabajo

En vez de minimalismo, yo hago todo lo contrario: agarro a una artesanía que compré en México, que ya de por sí es abigarrada, y estoy pensando en ponerle un fondo flúor, con bordes dorados y luces de discoteca, tipo la decoración de los hoteles-alojamiento de provincia. Me interesa la mezcla de texturas, el buen gusto de la estética que heredé de mi mamá, del que me hago cargo; y al mismo tiempo me interesa “el Caribe”, la América selvática del Altiplano, cosas que yo también por vocación fui descubriendo desde que tengo veinte años. Digamos que salí a conocer el Altiplano, el Perú, luego me fui a estudiar cine a Cuba. Conocí a la América Latina de un modo concreto, con sus cruces religiosos; en la periferia de Caracas, por ejemplo, hay unas artesanías populares hechas con materiales de bajo costo que representan a delincuentes muertos, se tratan de narcos, de dealers medios Robin Hood que al morir sus pueblos los hacen santos. Y para los centros de poder de Londres, Berlín y New York esa moral no existe, es algo muy propio de América Latina ¿Cómo puede ser que un delincuente se transforme en santo popular? Lo que yo busco, entonces, es justamente “la delicadeza” del arte popular. Y uno va aprendiendo con las comidas, con los mercados, con la señora que limpia el cuarto de hotel de la Habana, con los cocineros. De hecho me casé con una cubana, y al lado de la casa de mi suegra actual hay un negro afrocubano santero.

Copia

Me interesa la mala copia como identidad de la periferia. La camiseta trucha del Barcelona me interesa. No la original que vale ciento diez dólares si la compras en la tienda de adidas en Paris, en Madrid o en Buenos Aires. A la trucha yo la compro en el barrio de Constitución por diez dólares. Visualmente son iguales, pero hay una sensación de que no es lo mismo. Esa mala copia me interesa como identidad del mestizaje, como una nueva identidad de una América Latina con los colores flúor de la camiseta naranja del seleccionado de Holanda. De hecho los chicos de “los pibes chorros” de las bandas de cumbia rap villera usan esas ropas deportivas… tienen el gorrito, el buzo y usan ese color, ese mismo color está en los mercados de Bolivia, en la feria de la Salada, esos son los colores que yo tomo como un sello de identidad y los cruzo con el color terracota profundo de la América Altiplana. Cuando hablo de la América Altiplana me refiero a la gran zona cuzqueña, al Machu Picchu, a la cultura Aimara, con sus modales y todos sus ancestros que ya están absolutamente transculturizados y mixados, por eso me interesa el “Ekeko”, porque el Ekeko visto como un símbolo pop ¡es interesantísimo!, ¡porque al Ekeko vos le puedes pedir la green card! El Ekeko es el dios de la abundancia, es como un señor de cuatrocientos o quinientos años al que lo fueron modificando, y que vos le das de fumar o le haces ofrendas y puedes pedirle todo lo que quieres: un auto, una casa, una visa a EEUU, él no te juzga por lo que pides.



Respecto al arte

Siento que al arte finalmente no soluciona nada, sólo te da un poquito de caricia espiritual. En mis conferencias le digo a los alumnos que vayan a estudiar el desborde del Río Bermejo, que vayan a estudiar a las hojas transgénicas, pero ¡basta de estudiar cine, ya! Y diseño gráfico, hoy todos son diseñadores gráficos y video-artistas, ¡y negro!, no necesitamos más diseñadores, ¿qué mierda más van a diseñar? Mejor ocúpense del Riachuelo, de la Polución, ocúpense de un plan de acción social para urbanizar las villas. Pero basta ya de diseño gráfico, la página web y estudiar cine, ya todos son directores de cine, ya me tienen podrido, acá me llegan tres mails por día de gente que quiere ser mi asistente. Mucha imagen ya.

El asadito

“El asado” se me ocurrió hacerla en un viaje, cuando estaba en un museo en Europa, viendo una versión de la última cena del fotógrafo japonés Hiroshi Sugimoto, y me dije que tenía hacer la versión argentina; fue casi como una iluminación, hice como “crack”. Así que me fui a Córdoba, y hablé con unos amigos míos para hacer un asado, y se puede decir que la foto fue casi totalmente improvisada. Lo único que yo sabía era que iban a ir quince personas a comer un asado con sus ropas; yo sólo llevé unas camisetas de fútbol que quería que se pongan, pero el vestuario y el casting fue bastante improvisado. De los doce o trece, son todos artistas plásticos que son amigos entre ellos. Y bueno, la obra me superó en cuanto a la trascendencia que tuvo. Se disparó y llegó al Reina Sofía de Madrid, y se ha convertido en una imagen muy popular. Lo que me interesa es que es una puesta en escena teatral que funciona como fotografía y documento socio-político y económico de la identidad de un país.

Arte colaborativo

En mis fotos siempre participan alrededor de diez a veinte personas; el vestuarista, el director de arte, el retocador digital, el escenógrafo, y un largo etcétera. De hecho, últimamente tampoco ilumino las fotos, muchas veces viene un asistente u otro fotógrafo que pone las luces. Al día siguiente puedo tomar un avión y viajar yo solo a Formosa para hacer fotos de peluquerías. Para trabajar tomo una actitud dispersa y anárquica. Ahora estoy filmando una película; me cansé de los equipos de cine y estoy filmando sólo con una cámara digital, me compré un micrófono de doscientos dólares y me filmo una escena yo solo. La tecnología. Ahora tienen esas cámaras con high definition de la reputa madre, no se puede creer la calidad que tienen.



La publicidad

La publicidad no me gusta, vos no le puedes decir a la gente “fume Marlboro” o “ingrese al maravilloso mundo de Marlboro”, ¿cuál es el maravilloso mundo de Marlboro? ¡El cáncer de pulmón! Entonces, no me la creo la de los publicitarios, y bueno, a veces hago publicidad porque tengo que pagar la cuota del colegio de mis hijos, pagar el alquiler de mi casa. De todas formas, esa cosa de los chicos jóvenes que dicen “quiero estudiar publicidad” me da un poco de tristeza. La publicidad me parece que es algo que está mal, es incentivar a un consumo promoviéndote algo que es mentira; si quieres ser feliz, ándate a meditar al budismo tibetano. No vas a ser feliz por comprarte unas Nike de quinientos dólares.

Humor

El humor es una forma de protección del dolor que provoca la desigualdad social, la otra cara del poder económico; es un camino para poder transitar por el mundo, porque si la mirada es solamente con el corazón abierto, es muy fuerte el impacto del dolor. Igualmente, cada vez estoy tratando de dejar más de lado al humor, también aparece una ternura. Mis fotos están entre mostrar el humor y la desolación interior.

Final

Tengo más de 50 años. La vida me pasó por encima. Entonces ya me están preocupando las cosas de mis hijos, lo que miran, lo que consumen. Los ideales de la revolución cubana con la que yo me formé están resquebrajados, hay como una derrota generacional. Entonces se me mezcla eso con mi propia edad, que ya no tengo tantas ganas de contar chistes, entonces me aburro de la fotografía, me dan más ganas de hacer una instalación. Sigo sacando fotos porque me sale fácil, es como tengo un don, pero también tengo ganas de hacer otra cosa; tengo ganas de experimentar; agarrar este dibujito que hice y ponerlo en una galería. También viene de que me gusta provocar al arte contemporáneo; y decir: “ah, ¿así que la fotografía es la cenicienta de las artes?”, bueno ahora no, yo soy fotógrafo y hago una instalación, pongo un ñanduti paraguayo y vale cinco mil dólares porque está firmado por “Marcos López”. Lo hago por joder también, porque me aburro, me vuelvo más infantil, estoy disfrutando de pintar con mi hija por ejemplo, y ella me dice: “Marcos, ¡ese dibujo es horrible!” y se me caga de risa. Estoy todo el tiempo como si volviera a ser un estudiante del colegio secundario, jodiendo en el límite de que no me descubran y me echen a la mierda.