Lifestyle | Por hace 9 meses.

Esto pretendía ser una introducción a la moda post-soviética; comentar tres o cuatro artistas, músicos o diseñadores destacados de cada disciplina. A medida que investigamos sobre el tema, nos dimos cuenta de que exigía una introducción un poco más extensa para aclarar nuestro punto de vista. Así que, esperamos que lean este texto hasta el final porque el asunto ofrece muchas sombras, pero también muchas luces. Y estas partes “iluminadas” que iremos comentando en futuros posts son verdaderamente interesantes.

Puede que lleguemos tarde a esto, o quizá demasiado pronto. Ya todos los blogs de tendencias, de moda o de arte, han comentado el fenómeno del auge de lo post-soviético, pero nos preguntamos si se puede hablar tan a la ligera de algo con raíces históricas, políticas y sociales tan profundas y desconocidas para muchos de nosotros. Instintivamente, nos pondríamos a comentar el éxito del diseñador Gosha Rubchinskiy en las pasarelas de todo el mundo y su alianza con Daft Punk para el diseño de su merchandising, o de lo mucho que nos atrae la música y el estilo trash de Tommy Cash. Pero si le damos un poco de perspectiva al asunto, se pone peliagudo.

postsovietjoia

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Empecemos por el principio, ¿qué es la moda post-soviética? Se trata de la apropiación de una estética común entre las clases trabajadoras de los países de Europa del este, los que antes formaban parte de la Unión Soviética y que, desde la caída de ese imperio en 1989, se fueron constituyendo como países independientes. Esto se traduce en buzos por dentro de los calcetines, letras cirílicas, iconografía comunista, cortes de pelo tipo militar, inglés mal pronunciado, lentes de sol noventeras, botas hasta la ingle, polerones oversize, poleras de bandas de metal y botellas de vodka, entre otras cosas fácilmente reconocibles como “soviéticas” en nuestras mentes. Este personaje arquetípico y muy “memetizable” en la Rusia post-soviética se conoce como gopnik, o como dizelaši en Serbia (lo que serían los chavs en Reino Unido, el white trash en Estados Unidos, o los flaites en Chile).

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Los que no vivieron la caída de la Unión Soviética o eran demasiado pequeños para acordarse, ya han crecido y son heavy users de las redes sociales y los medios digitales, como todos los jóvenes de hoy-en-día. Estas plataformas tienen la peculiaridad de que nos igualan a todos por su acceso universal: si tienes conexión a Internet y un computador tienes tanto potencial artístico como cualquier habitante del mundo, seas de donde seas. Con esto se multiplican los puntos de vista, escuchamos cosas sobre lugares del mundo que no sabíamos ni que existían y estamos más abiertos a recibir sus productos culturales.

En el caso del bloque de países ex-soviéticos o, mejor dicho, los países del nuevo este, esta apertura se produjo no hace tanto, pero ¿se hizo del mejor modo? Los “productos culturales” que recibimos ¿son reales o son una burla de una clase social desfavorecida desde la cómoda cumbre de la clase rica? Según el periodista Aleks Eror, la moda post-soviética no es más que turismo de clases: los que tienen los medios y la educación para hacerlo, adoptan los estereotipos soviéticos para meterse en las mentes occidentales y que, felizmente, les compren ese falso exotismo y lo metan todo dentro del mismo saco. Antes de negarte a pensar que tu mente funciona bajo esa lógica, piensa que es así como Gosha Rubchinskiy logra que Kim Kardashian luzca la hoz y el martillo en un polerón oversize de color rojo.

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El nacimiento de la moda hip-hop que vimos en documentales como Fresh Dressed, viene a ser lo mismo: transformar lo que antes se consideraba feo y pobre en algo con clase, en algo cool. De repente, lo que la gente de clases más bajas lleva puesto o escucha se pone de moda, y se vuelve mainstream, con la diferencia de que se incorpora al mainstream mundial gracias al potencial de difusión del medio digital. Anton Belinskiy pregonó en 2015 este proceso a los cuatro vientos en el nombre de su colección de ropa “Poor but Cool”.

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Aunque sea un riesgo hablar de moda post-soviética tratando de englobar a los 15 países que se conformaron después de su caída, uno de los aspectos positivos es que, al hacerlo, ponemos esos países en el mapa. Y falta les hace. Los jóvenes que han crecido desprovistos del condicionante histórico no dan tanta importancia a la simbología ni al trasfondo político, lo llevan, lo escuchan y lo siguen porque les gusta, en base a una estética, así de sencillo. El desconocimiento de las nuevas generaciones asusta un poco, no ser consciente de los errores del pasado te puede llevar a repetirlos, pero también da una sensación de “tabula rasa”, de poder. Ahora ellos tienen el poder de escribir la historia, SU historia, nadie les dice lo que pueden hacer y lo que no.

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Esa juventud marcada por un trauma común e invisible, despierta la curiosidad en muchos de nosotros. Aun y siendo muy jóvenes, son herederos de un pasado convulso que les deja un rastro de sabiduría, de rudeza, de madurez que no vemos en otros países de occidente. Lo que antes no estaba “permitido”, como llevar marcas de multinacionales estadounidenses, ahora lo llevan al extremo, lo reinventan, lo transforman, lo hacen suyo, se apropian de ese estilo desde la consciencia de un pasado turbulento.

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Pero, ¿y si los diseñadores, músicos, fotógrafos y artistas en general, que nacieron en esta etapa post-soviética, saben perfectamente lo que hacen? Su pasado más cercano les proporciona cierta perspectiva, saben lo que hacen, lo que vende, cuales son sus herramientas y sus armas, y las utilizan. A través de un imaginario predefinido logran penetrar en la industria de consumo. Hay algo patriótico en todo eso: así como las camisetas de futbol del Barça o el Arsenal se lucen en todo el mundo, ahora es posible encontrarse a alguien que jamás ha pisado Rusia luciendo un polerón de Gosha con la bandera rusa en el metro. Un polerón seguramente impagable por un miembro de la clase trabajadora de la que surge la moda.

Definitivamente, hay muchas sombras en esta tendencia, pero si hay algo que arroje luz es que los que antes fueron los “vecinos pobres” ahora son la nueva sensación del bloque. Todos quieren ser amigos de ese nuevo vecino extraño, misterioso y que viste distinto al resto. Está claro que la mayor parte de las potencias económicas son también potencias culturales, así que quizá esta sea una manera de atraer la mirada hacia otros lugares del mundo que lo necesitan, romper la hegemonía norteamericana y modificar los estándares de las industrias culturales y de consumo.