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JOIA en Tierra Santa. Parte I: Lo que no se ve en esos videos
JOIA en Tierra Santa. Parte I: Lo que no se ve en esos videos
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JOIA en Tierra Santa. Parte I: Lo que no se ve en esos videos
JOIA en Tierra Santa. Parte I: Lo que no se ve en esos videos
JOIA en Tierra Santa. Parte I: Lo que no se ve en esos videos

De Palestina -y del resto de los países del Medio Oriente- por estos lados se sabe poco. Las noticias y la información que se difunde por internet habla de tragedias, explosiones, ataques, abusos, pero poco sobre la identidad de la gente que habita esa zona. Hace más de un siglo que llegaron los primeros palestinos a Chile, pero los árabes son todavía un pueblo desconocido para la mayoría.

 

A quien se interese en las fotos de Marcela P. Corrial que componen esta serie, se le ofrece un punto de vista proyectado desde hogares y calles de Ramala, Hebrón, Belén, Jerusalén, Dura y varios pueblos palestinos más pequeños. Las imágenes fueron tomadas a fines del año pasado, en un viaje por las tierras que forman parte de un sinnúmero de acontecimientos bíblicos y coránicos, y que hoy son escenario de un genocidio a largo plazo que cumple ya más de 6 décadas. Eso sí, aquí no se encontrarán soldados agrediendo niños ni encapuchados con piedras enfrentándose a tanques. Eso está documentado en cientos de videos que ponen en evidencia la brutalidad de la ocupación israelí. La primera parte de esta serie busca mostrar, justamente, todo lo que no se ve en esos videos.

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El 80% de la población en Palestina se declara musulmana (el resto son principalmente cristianos y algunos judíos). Pero, lo primero que hay que tener claro, es que así como en Chile hasta hace poco una amplia mayoría se declaraba católico “a su manera” (eufemismo que significaba “me bautizaron pero no voy a misa ni respeto los preceptos de la iglesia”), en Palestina ocurre algo similar. Las mujeres palestinas que cubren su cara y/o su pelo con un pañuelo lo hacen porque quieren vivir así su religión. En una misma familia puede haber hermanas que acostumbran cubrirse y otras que no. Y, por si acaso, todas tienen la posibilidad de ir al colegio y a la universidad, y muchas llegan a ser ejecutivas en un banco, alcaldesas y diputadas. También futbolistas, aunque la incipiente liga femenina local es todavía amateur. Las mujeres más comprometidas con su fe, que andan completamente tapadas, son muy pocas, una de cada 100. Lo mismo las personas que se ponen a orar en la calle o donde los encuentren los horarios de oración: se ven, pero muy pocos. Una cosa que sí se respeta, prácticamente en un 100%, es el no consumo de alcohol, por lo que para comprar cerveza hay que ir a los barrios cristianos, que conviven con los musulmanes.

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Con Marcela recorrimos muchas calles, muchos barrios. Compartimos con empresarios, alcaldes, vendedores de los mercados, comerciantes y residentes de campos de refugiados. Todos nos abrían las puertas de sus hogares, conocimos varias familias. Algunas veces el inglés no servía de mucho -menos el español-, pero aun así la comunicación se establecía, sus gestos sonrientes eran una evidente invitación a almorzar, si era mediodía, o a comer un pastel si era más tarde; o a compartir un rato -siempre con un café- a toda hora. La gentileza y la hospitalidad son más sagrados que la religión para los palestinos. Y cuando se enteraban de que éramos chilenos, las sonrisas les crecían aún más. Hay cientos de personas de Belén, Beit Jala y más lugares que tienen algún familiar o amigo en Chile. La población de ascendencia palestina en nuestro país es la mayor del mundo (fuera de su lugar de origen).

El interior de una casa palestina muchas veces puede ser parecido al de un hogar chileno. Cocina, refrigerador, televisor grande, bonitos muebles, rica comida. Pero cuando llega la hora de dormir, llegan todos los miembros del hogar y se empiezan a acostar en los sofás o en el suelo o donde puedan. Por ahí empieza a revelarse la verdad detrás de una vida que, si se comparte sólo por unas horas o un par de días, puede parecer tan normal como la que conocemos a este lado del mundo…

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Texto por Mario Cuche
Fotos de Marcela P. Corrial