Grin

Varios | Por hace 6 años.
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GRIN
Texto/ Tamara Meruane

“La actitud hace escuela”.

“El graffiti incorporó una disciplina más al arte”.



Yo estuve aquí

Algunos abren puertas y otros horizontes, pero Grin supo abrir las calles para que miles de colores y formas se apropiaran de la urbe. Dejando su tag en todo el país, es uno de los graffiteros más influyentes de Chile, que con una visión orgánica de la ciudad, ha sido capaz de mezclar pintura y arquitectura en sus creaciones.

En el suelo latas de pintura. En la terraza una maqueta de alambres. En la muralla, colgado, un cuadro que muestra a un ser perdido en medio de un salar. Libros de Dalí, Gaudí y arte universal. Suena reggae de fondo y Grin con una extendida calma toma un sorbo de jugo de un vaso de cerámica. “No me gustaría profundizar en eso”, responde cuando se le pregunta sobre la dicotomía entre arte callejero y la autoridad que reprime esta forma de expresión. Hoy para él lo importante es el contenido y sobre todo la experiencia de habitar la ciudad por medio del graffiti o la construcción.

Aunque el verdadero nombre de Grin no suene familiar, muchos podrían distinguir su firma o tag a la perfección. Durante la década del 90, este graffitero y arquitecto se hizo parte del escuadrón DVE (Deskiziada Vida Eskritora), que fue el más distinguido grupo de pintores con aerosol de Santiago, y en el que, entre otros, también militaba Cekis. Este clan fue el que le dio definitivamente un vuelo más artístico a esta técnica en Chile y que permitió que los transeúntes ya no vieran este arte callejero como simples rayas o letras ilegibles en la pared de una casa o en el paradero de la micro. Pinturas realistas realizadas con spray, como el “Einstein” o el “Dalí” en la comuna de La Reina, o la mujer bañándose en las paredes del río Mapocho, lograron que los habitantes de Santiago se cautivaran cada vez más con esta nueva expresión artística que afloraba más allá de los límites del museo o la galería. Y esto se dio en un marco puntual: una ciudad dividida, con paisajes muy disímiles, que crecía rápidamente hacia arriba, levantando largas y delgadas tapias transitorias para proteger las construcciones, y, a la vez, dejando en pie cientos de muros y fachadas a medio demoler, librando metros cuadrados por montones para el deleite de los aerosoles y las brochas de los primeros graffiteros.

Durante mucho tiempo tu firma o tag se ha visto en todo Santiago y en muchos lugares de Chile, pasando por Chiloé y Rapa Nui.

Y todavía los hago, siempre. De eso se trata habitar. Un tag significa: “yo viví un momento en ese lugar”. Más allá de que pasé por ahí, es haberme tomado el tiempo de hacer una firma en un lugar, porque significa algo para mí. Es un camino que voy haciendo. Siempre lo hago con respeto y trato que cada vez que alguien lo vea, le provoque alegría y que se tome el tiempo de mirar. Entonces eso es habitar la ciudad y el mundo, si es posible. Mi tag tampoco es mi nombre, si no que una palabra que yo inventé, pero aún así, soy responsable de ella. Ése es uno de los valores del graffiti.

¿Cómo entiendes tú ese habitar, ese modo de formar parte de la ciudad mediante tu firma y tu pintura?

Paciencia y perseverancia. Cuando voy a hacer algo sé que tengo que llegar al final aunque me demore toda la vida. Ya han pasado muchos años y sigo con esa convicción, por eso son muchos los lugares en los que he pintado. Si me hubiese aburrido y cambiado mi forma de pensar, no seguiría haciéndolo. Me gusta. Mi firma siempre es la misma, pero va evolucionando, va habitando. Algunas cosas van a quedar y otras van a ir muriendo, pero trato de que duren para siempre. Por eso me gusta la arquitectura, porque no es para siempre, pero es lo que más perdura.

¿Qué otros valores podría tener el graffiti?

Yo creo que cada graffiti es un manifiesto, sea o no un mensaje claro y directo. Quiere decir muchas cosas, tantas cosas como graffitis o expresiones haya… pero siempre se trata de dar lo mejor de uno. El graffiti da la posibilidad de intervenir con pintura y de relacionarse a escala real con las personas, y también de estar en una exposición libre. Mi obra en general trata de la experiencia de habitar, habitar la ciudad, la arquitectura, la naturaleza; desde la esencia más pictórica hasta la más constructiva, y todo enfocado en una misma idea que es buscar la belleza.



¿Cómo fue tu evolución del graffiti hacia la arquitectura?

No creo que haya sido de una hacia otra. Siempre se han complementado: el dibujo, la pintura, las maquetas.

Pero cuándo te diste cuenta de esa inquietud que tenías de habitar los espacios…

De la enciclopedia del arte, de las catedrales, las esculturales gigantes de piedra. De esas obras que trascienden a la humanidad, los estilos, y que son siempre hermosas, perpetuamente. Primero dibujaba las catedrales como una forma de aprender, luego la figura humana buscando la belleza, y ahí observé y se me fueron ocurriendo ideas. Uno va creciendo y luego tiene ideas propias que son conclusiones de las obras que te gustaron. En el graffiti hay autores importantes e increíbles que tienen el nivel de los más grandes.

¿Cómo quiénes, por ejemplo?

Daim, que es un graffitero alemán. Los brasileños Os Gemeos, que son excepcionales y que lograron cosas que no se habían visto hasta ese momento: una representación de la realidad, incluso imaginaria, pero desde un punto de vista real que no ha visto otra técnica de pintura. Porque incluso el realismo o el hiperrealismo a veces son más toscos. El graffiti, por su tamaño, toma una posición en la ciudad y abre su relación con la luz, y con eso logra un efecto maravilloso… los que están bien hechos, lógico (ríe). Entonces es lograr ese efecto… siempre me pregunté cómo retratar la realidad lo más perfectamente posible, y parece que el óleo en muchas situaciones logra los mejores resultados, pero también, en otros casos, la técnica del aerosol lo consigue. La pintura pulverizada puede mezclarse con cualquier otra técnica; es una disciplina que sigue ampliando los conocimientos y que no se detiene. El graffiti incorporó una disciplina más al arte y creo que todo buen graffitero sabe muchas formas de pintar.

¿Qué opinas de la entrada del graffiti a las galerías de arte, por ejemplo, como lo ha hecho Miss Van o Banksy?

Creo que cada cual debe juzgarse por lo que es. Por ejemplo, las exposiciones que he visto de Miss Van son buenas y me parecen bien. También muchas veces ocurre que las galerías toman a un graffitero para mostrar otra clase de trabajos, no graffiti, de manera que sea posible entender mejor el trabajo que el artista ha hecho en la calle… es decir, puede servir de complemento para entender mejor el pensamiento del autor, y así disfrutar de la obra de un modo más completo. Eso es lo importante: que la obra provoque placer, belleza y que después uno pueda ir más allá. El resultado debe reflejar y expresar todo el contenido.


Del graffiti a la arquitectura

Como miembro de DVE, Grin llenó las ciudades de graffitis, pero no se detuvo ahí. Motivado por el arte y la búsqueda de la belleza, estudió arquitectura en la Universidad de Chile. A diferencia de lo que se podría pensar, nunca dejó de lado el graffiti: así como siempre mantuvo cierta inspiración arquitectónica en sus trabajos pictóricos, luego llevó a su obra arquitectónica la inspiración graffitera, llamando la atención el carácter orgánico que ganan sus estructuras al preferir las formas curvas en desmedro de las rectas.

Tú tienes una visión de la arquitectura y del graffiti comprometida con el ser humano, súper integradora…

Es una particularidad del hombre hacer ciudades: sólo los humanos intervenimos de este modo nuestro hábitat, aunque la naturaleza siempre pueda participar en nuestra intervención…

Pero esa es una visión bastante olvidada. En Chile se hacen miles de edificios todos los días y no se respeta la naturaleza…

Se nota que está olvidada. Las ciudades se hacen porque hay un río y es cosa de ver nuestro río Mapocho para ver cómo la gente se ha olvidado. Nosotros al menos pintamos el río. Nos dimos el tiempo de conocerlo, de bajar y tratar de hacer algo por él. No es mucho. Pero al menos es algo. Y así en cada lugar. El desarrollo en general se preocupa del bienestar de sus propios usuarios, pero no mucho del resto de los habitantes.



¿Has pensado en irte de Chile para desarrollar tu arte?

Prefiero viajar y volver, porque aquí me siento bien, me siento de acá (ríe). Me siento apropiado de mi espacio, pero viajar es importante porque eso es lo que más te hace pensar y tratar de cambiar tu realidad. Te das cuenta que las cosas que creías imprescindibles no lo son. Lo que creías que era de tal modo no es necesariamente así. Eso pasa mucho en arquitectura, se repiten soluciones en un lugar determinado más por tradición que por pensar el problema de fondo. Viajar ayuda a ver las cosas más objetivamente y eso es ideal para hacer una obra.

En cuanto al graffiti, ¿sientes que hiciste escuela en Chile?

Sí, un poco, pero creo que aún estoy aprendiendo. Hicimos escuela en un sentido espontáneo, porque varios amigos que nos dedicábamos mucho a esto íbamos dando resultados inmediatos que antes no existían acá. O, más que resultados, obras que por supuesto motivaron a generaciones. Yo sigo aprendiendo técnicas. No me voy a detener en eso. Sé que por supuesto a muchos los he motivado como a mí me motivan autores o pintores que siguen experimentando. Yo creo que la actitud hace escuela, porque hay muchos que copian o han logrado copiar para empezar, y al final no hacen nada valioso y se retiran. Esa influencia es menos trascendente que la que asume alguien que se inspira para crear su propio camino: eso yo creo que es lo más importante.