Cristian Toro (Curicó, 1989) se define como ilustrador, pero su trabajo y discurso va más allá. La ilustración es la herramienta gráfica de trabajo que le permite vehicular un mensaje o un concepto visual, en combinación con textos y siempre con una gran conciencia del formato y soporte que utilizará en cada caso, lo cual también aporta su propio significado. Aún es joven y está explorando distintos caminos sin tener porque centrarse en una sola cosa, pero con un estilo y narrativa claros, que le acercan a grandes ilustradores como Cleon Peterson. Hablamos con él sobre sus trabajos más recientes, sobre su papel en la revista RUIN y sobre las propuestas artísticas en regiones.

Háblanos un poco de ti.

Nací en Curicó, a los tres años llegué a Chillán, donde viví hasta los 23, actualmente resido en Hualpén, al lado de Concepción. Mi ambiente familiar no tenía relación con el arte o la cultura, pero crecí con mucha libertad para explorar el mundo que tenía a mano. En mi casa me gustaba ver enciclopedias, libros de anatomía y las ilustraciones de los diccionarios, también veía harta televisión y solía dibujar desde ahí. Nunca fui a talleres de arte en la infancia, mi primera escuela fueron los medios y las conversaciones entre niños, como a los diez años recuerdo haber visto el video de Do The Evolution” en MTV y me hizo mucho sentido de una forma muy visceral. En la adolescencia me transformé en una especie de freak, a los quince iba a algunas tocatas, ciclos de cine o de anime, tocaba teclado en bandas, jugaba rol y fui a grupos de meditación, pero en general siempre me incomodaron los dogmas que establece la gente y que incluso aparecen en las subculturas.

Estudié diseño gráfico en la UBB, ahí me marcaron los talleres de los primeros años, el trabajo de clásicos como Shigeo Fukuda o Milton Glaser y de contemporáneos como Piet Parra, Margaret Kilgallen y el colectivo Broken Fingaz, también empecé a leer comics de Daniel Clowes, Marjane Satrapi o Frederik Peeters. Todo eso me ayudó vincular arte y diseño, especialmente porque en los últimos años de universidad todo se trataba del emprendimiento, liderazgo y toda esa cosa aspiracional de las industrias creativas, creo que me refugié en la gráfica como resistencia ante esas mentiras a las que te fuerza el medio.

Los fanzines fueron la primera herramienta que tomé para reproducir una ilustración. Ya viviendo en Concepción salía a pegar stickers o hacer rayados en la calle, no tenía ninguna intención estética, pero me servían como excusa para salir a crear algo con otras personas, en ese tiempo empecé a llevarme pedazos de madera que encontraba tirados para pintarlos en la casa, lo que también era una forma de pensar el soporte y su procedencia.

Aunque te definas como “ilustrador”, por tus últimos trabajos diría que te acercas más a un artista conceptual que usa la técnica ilustrativa. ¿En qué plano te sientes cómodo? ¿Cómo dirías que ha sido tu evolución desde tus primeros trabajos hasta ahora?

En el 2015 con mi amigo Óscar Gutiérrez hicimos una novela gráfica titulada Líneas de Fuga, como parte del proyecto desarrollamos un fanzine, serigrafías y algunas acciones murales. Esa experiencia me marcó por completo, me interesé en la estética y política en torno a la creación, entendiendo cómo las decisiones para una obra significa un acto político en términos de agrupar o desarmar elementos contextuales.  En ese tiempo empecé a hacer visuales para instalaciones que surgían con el equipo de Toda la Teoría del Universo; pequeños loops de videos, formas abstractas y rotoscopia. Ya en ese contexto comencé a establecer diálogo con otros creadores, no tanto con ilustradores, gente como el colectivo de RUIN o mis amigos de Bosques de la Tierra del Biobío. Si me relacionara solo con ilustradores se habría generado algo mucho más cerrado, pero la diversidad de prácticas con las que empecé a involucrarme y la precariedad del trabajo creativo en regiones me hizo más consciente de los formatos y puede que desde ahí se hayan establecido ciertas bases conceptuales en mi trabajo. Actualmente me ocupo de mantener ciertas líneas de producción, especialmente en lo editorial e instalativo, me interesa ese espacio híbrido que habita la ilustración entre el diseño y el arte y suelo trabajar desde ahí. Hay algunas áreas que me gustaría explorar más a fondo, especialmente la narrativa gráfica y el mural.

Te preocupas mucho por los soportes, metodologías y formatos al mostrar tus ilustraciones, exploras ese aspecto más técnico de la creación. ¿Por qué? ¿Cómo influye esa parte en el resultado final de tu trabajo?

Las cualidades materiales cobraron cierta relevancia política, el hecho de auto-editar me significa a su vez poder determinar la presencia de mi obra. Siento que se usualmente se aprecia la ilustración como una imagen, que en estos tiempos además es una imagen digital, con una pretensión “preciosista”, de embellecer o acompañar un texto o de poner en común gags culturales o de la vida cotidiana con las que, en teoría, todos deberíamos identificarnos. Personalmente me interesa más la diferencia o particularidad que pueda expresar una imagen y en ese sentido el formato también cobra relevancia como parte de una obra, y creo en las obras que propongan algo que me remita al mundo interior o circundante del autor, de las posibilidades materiales reales y las situaciones concretas al momento de generar una imagen, especialmente en el contexto normalizador que vivimos.

Háblanos de tu proyecto “Materia Oscura”.

Es un libro para el que estuve trabajando entre el 2016 y 2017 y que funciona básicamente como un álbum de ilustraciones. Decidí sacarlo en un tiraje limitado, una primera edición de 10 ejemplares y una segunda edición de 20, con el objetivo de plantearlo desde un trabajo de oficio editorial, optando por la encuadernación manual para construir su objetualidad, trabajo realizado por la artista Constanza Schmidlin.

El concepto de producirlo bajo esas características propone al objeto libro como una acción de arte en sí misma. Las imágenes buscan cierta extrañeza de algo que coexiste entre las relaciones humanas y los espacios íntimos, como una suerte de desfiguración de la identidad individual. Hay una comunicación muy compositiva en torno a algo que nunca se logra entrever, pero que está ahí, como una violencia silenciosa, escénica o carnavalesca. La idea de Materia Oscura venía de un fanzine anterior con el mismo nombre, donde hice un ensayo sobre la permanente búsqueda de cierta autonomía, como una añoranza de algo desconocido, una presencia invisible.

Estuviste en Lima donde trabajaste en el fanzine desplegable “Sitio Eriazo”. ¿Cómo fue esta experiencia? ¿Cómo surgió este viaje y proyecto?

Quería irme de Concepción un tiempo y poder conocer otras escena, en eso tuve la suerte de conocer a Sara Latorre, que vive en Lima y justo estaba en Concepción por una residencia artística con su fanzinoteca itinerante Zinebiosis, ella me extendió las redes necesarias para hacer talleres y amigos en Lima y Trujillo. Conocí a otros ilustradores y fue muy enriquecedor, no me suelo relacionar con mis pares y el hecho del desplazamiento siempre es positivo para limpiar y renovar energías.

Sitio Eriazo es un relato gráfico sobre el abandono, como espacios y personas pueden quedar atrapados en la negación. La narración funciona como un intento de huida, quería acercarme más la descripción de un escenario que a una historia lineal y el fanzine desplegable me pareció adecuado para eso, finalmente se imprimió en serigrafía con Salchipapa Ediciones.

También participaste en la revista RUIN. ¿Cuál era tu labor? Explícanos que es RUIN y si habrá nuevas ediciones.

En un principio entré a Ruin para ordenar los trámites del Fondart que se adjudicó el proyecto en el 2016. Me llamó mucho la atención su enfoque resolutivo y el estilo brutalista, también como usaban cierto lenguaje publicitario pero direccionado a una cosa periférica. Con el tiempo empecé a aportar con algunas ilustraciones, textos y diagramación, también me tocó desde producir lanzamientos a entrevistar a otros artistas. Compartimos un espacio de taller, entonces todo lo que sucedía lo íbamos resolviendo entre todos. El proyecto rápidamente empezó a itinerar, estuvimos en unas ferias en Santiago, de ahí nos movimos a Puerto Varas, fuimos a Impresionante dos veces y en 2017 a la Feira Plana de São Paulo. La última acción que se hizo fue la publicación de “Flaite” el año pasado, un fanzine en risografía que se presentó en conjunto de una exposición de fotos y video.

Actualmente hemos estado en proyectos personales y colaborando en conjunto para otras iniciativas, mantenemos diálogo y estamos buscando instancias para dar a conocer lo que ya hemos hecho. También existen algunas ideas de publicaciones que han quedado en el tintero más que nada por el asunto económico, que lamentablemente nos limita.

Vives en Concepción, donde pasan muchas cosas relacionadas con el arte y la cultura. ¿Qué está pasando ahora? ¿Qué crees que falta? ¿Qué hacer para que todo no quede en lo local y se de a conocer a todo el país?

Creo que el hecho de existir en contraposición de la capital genera la urgencia de hacerse cargo de la identidad local, se convive con muchos problemas territoriales, reivindicaciones de todo tipo ante situaciones urgentes de barrios, humedales, uso de suelo, etc, que han servido como campo de acción para proyectos artísticos. Igualmente, hay varios colectivos asociados a oficios; grabado, fotografía, encuadernación, trabajo corporal-performático y otras propuestas, pero la música en su dimensión de espectáculo suele ser más mediatizada, especialmente bajo el eslogan del rock penquista institucional.

Personalmente me he involucrado más con el trabajo en espacios auto-gestionados que van y vienen. Actualmente trabajo con mayor frecuencia en la Casa 916, dónde estamos armando la tercera edición de Toda la Teoría del Universo, un encuentro de artes y electrónica que tiene un carácter latinoamericano, proponiendo lo necesario de la circulación de prácticas artísticas para que la producción local no se estanque en el círculo de la auto-afirmación, para eso invitamos personas que están pensando las tecnologías y la autogestión en Colombia, Perú, Argentina, Brasil y otras partes de Chile.

La mayoría de los proyectos de mayor impacto acá tienen que ver con el fondart, no existen otras estructuras para sustentar efectivamente toda la producción local, o postulas a proyectos o trabajas por encargo y haces lo tuyo en tu tiempo libre, o todas las anteriores. El nivel de presión con el que se suele trabajar es muy grande y desde ahí a pensar en circular o difundir la obra a nivel nacional ya es una cosa que pasa a quinto plano; más que diversificar la intermediación, hay que repensar todo el modelo.

Supongo que conoces la obra de Cleon Peterson, con la cual tienes ciertas semejanzas. ¿Por qué decides trabajar mayormente en blanco y negro con ciertos tonos de color?

Empecé con el blanco y negro porque era la forma más barata de hacer fanzines, luego le tomé el gusto al ejercicio de componer con mancha y líneas, me ayudó a generar un lenguaje plástico que además hablaba de los medios que tenía para producir, lo que me parecía una forma de honestidadTambién me gusta ver como optimizar el material y para eso suelo aplicar colores planos en uno o dos tonos. Concibo la imagen a través de capas, buscando un lenguaje visual reconocible en distintos soportes y técnicas, incluso al pintar aplico ese método.

Muestras cuerpos masculinos y femeninos entrecruzados y atravesándose. ¿Qué idea hay detrás de esos dibujos?

Me gusta trabajar con capas de información que se superpongan para ir componiendo una imagen. En este caso estaba estudiando la figura humana sin el uso de modelos y empecé a hacer ejercicios para representar cuerpos mediante la modulación formal, generando esta suerte de imaginario. Me interesa que los cuerpos mantengan cierta norma estructural, que queden desprovistos de identidad en estado de latencia. Abstrayendo el espacio y el contexto puedo enfocarme en estas dinámicas de repetición, de influencia y vulneración, como un espacio performático de seres sin identidad.

También usas la abstracción y las formas no corpóreas en tus trabajos más recientes. ¿Qué objetivo tiene el usar esas formas o recursos en cada caso?

Sí, en los últimos años me he dedicado mucho a generar un lenguaje desde elementos básicos de la imagen; la forma, el plano lleno, la línea y el contorno, especialmente en blanco y negro. Me sirve como método para ampliar los elementos gráficos, viendo después que me remiten esas imágenes, si logro componerlas de alguna forma. Muchas de esas figuras me acompañaron en la composición del proyecto Materia Oscura.

Creas laberintos ilustrativos en una especie de mundos apocalípticos de los que es difícil salir, la mirada va de un elemento inconexo a otro sin escapatoria. ¿Cómo planteas este recorrido visual? ¿Lo planificas antes o improvisas mediante la composición?

Siempre que comienzo algo nuevo es mediante la improvisación. Por ejemplo, el paño serigráfico No Future donde siempre tuve el objetivo de generar un espacio sin escapatoria en torno a un no-tiempo. Estos escenarios en particular son una forma de composición simbolista donde voy representando con cierta teatralidad distintas escenas de ruina y violencia. Esta dinámica de destrucción permanente es algo que se extiende en la historia humana desde distintas perspectivas. Paralelamente busco dibujar escenas más asociadas al placer, el baile, el uso de sustancias o a cierta transfiguración de personajes, generando una especie de carnaval donde se mezcla goce y violencia. Estas dinámicas de transgresiones y mutaciones son fuerzas que también asocio a la naturaleza, como una especie de ley universal de la que no podemos escapar.

Tus ilustraciones crean historias sin inicio ni fin, como puestas en escenas, pero tienen mucho potencial para un cómic. ¿Te has planteado en algún momento publicar tus dibujos como viñetas o historias gráficas?

Sí, mis primeros fanzines eran tiras cómicas, luego publiqué una novela gráfica en el 2015, llamada Líneas de Fuga. Durante los años anteriores y próximos a ese proyecto estuve experimentando mucho en cuanto al lenguaje gráfico y en este momento no me siento muy cercano a lo que ilustré para ese libro. En cierto sentido, con el libro me quité de encima muchas ideas preconcebidas que tenía de la ilustración. Por lo mismo, desde esa vez que no publico novelas. El cómic es un ejercicio muy intenso y aún incomprendido, requiere un manejo holístico de la imagen y exige mucho de uno. Ahora me siento en un momento más maduro como para replantear la idea y estoy trabajando en un pequeña ficción. 

El eterno debate: lo funcional (del diseño gráfico) versus lo estético (de las bellas artes y artes plásticas). ¿Cuál es tu postura en esa contraposición y en relación a tu trabajo?

Me parece un debate un poco obsoleto, creo que en general los buenos proyectos de diseño comprenden la experiencia de usuario como una experiencia estética y por lo tanto sensitiva. Los buenos proyectos de arte se alimentan del diseño en todas sus dimensiones, especialmente cuando hablamos de arte a través de soportes digitales, instalativos y propuestas de artes gráficas contemporáneas. De la misma manera, también existe una dimensión técnica, de oficios análogos y digitales asociados, que me parece es invisibilizada en el debate; no existe ningún límite sobre cuánto de edición gráfica, fotografía o pintura, tiene que manejar un diseñador o un artista en su profesión, sólo un interés de generar perfiles para validar la academia o el mercado.

Creo que en general las cosas se dirigen a espacios más híbridos, la hiper-espacialización genera cápsulas conceptuales que necesitan dialogar con otras disciplinas y llegar al espacio social para no quedar enfrascadas en sus templos académicos, científicos o galerísticos. Además, más que diseño o arte, que en sí mismas son construcciones occidentales y elitistas, el debate podría avanzar en cómo estas construcciones disciplinares llegan a la gente, que modelos culturales nos proponen y desde donde vienen estos modelos.