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Body Piercing: Cuando menos es más
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Body Piercing: Cuando menos es más

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El body piercing experimentó, en la última década, un cambio rotundo. Desde aspectos profundos como los procedimientos de trabajo, hasta áreas, que hasta hace poco tiempo no parecían relevantes -como la joyería -, hoy presentan diferencias y una distancia abismal.
Sus protagonistas, espacios, piezas, materias primas, metodologías, modelación de sistemas de trabajo y concepción del campo, alcanzaron niveles insospechados. Hoy vivimos el resultado de una gran revolución que es la consecuencia -¿cómo no?- de una crisis que enfrentó el área.

El boom del arte corporal, de finales de los 90’ y principios de 2000, propiciados por una vitrina mediática insospechada, con realitys shows, programas especiales, documentales y una popularización que avanzó de la mano del tattoo, hicieron que el body piercing se asentará de forma permanente en nuestra cotidianidad. Ya no era extraño, entonces, ver modificaciones corporales en jóvenes y adultos que convivían un mundo afín a esta área (músicos, artistas y skaters, entre otros), sino que, lentamente, comenzó a ser habitual ver que personas de todas las edades, gustos y tendencias, que hasta ese minuto eran ajenas a este campo, exhibían, diariamente, intervenciones propias del mundo piercing.

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Este positivo cambio, al mismo tiempo, permitió la apertura de nuevas tiendas y la llegada de nuevos actores, que vieron en este universo, una oportunidad independizarse, generar nuevas áreas de profesión y trabajo. Sin embargo, a pesar de lo auspicioso del escenario, los problemas comenzaron pronto. Poco o nulo conocimiento, no sólo en términos de la historicidad que implica el arte corporal, sino en metodologías y protocolos de higiene, provocaron que los expertos pusieran atención a lo que se estaba gestando.

Generar conciencia y profesionalizar el campo fueron las primeras campañas que se encausaron para lograr un hábitat más seguro, no sólo para las personas que solicitaban este tipo de servicios, sino también para los centros y estudios establecidos, que luchaban –y siguen luchando hoy- por un mejor estándar de atención. La idea era establecer protocolos claros y, de ese modo, rayar la cancha.

 

La bioseguridad pasó a ser un tema fundamental, es decir, lograr que cada persona entendiera que en esta área no existen matices; se trabaja con la máxima seguridad o, simple y llanamente, no. De ahí, que los estudios comenzaran a invertir en nuevas tecnologías y los espacios se transformaran en pequeñas clínicas, con sistemas de higiene complejos, óptimos, eficaces y con maquinaria de última generación, como la Statim 2000 autoclave (capaz de esterilizar en tiempos mínimos de espera); toda una revolución que llegó en post de conseguir una experiencia segura a todos los visitantes. Pero eso no era todo, repentinamente el continente dejó de mirar a Estados Unidos y Europa y empezó a cuestionarse por qué no era capaz de generar sus propios productos.

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Quién iba a pensar que Chile sería el protagonista de este cambio. O que este giro no vendría de la capital –centro de ebullición por antonomasia de este tipo de tendencias-, sino que, al contrario, vendría de la periferia, más exactamente de Copiapó. Biometal se transformó en la primera compañía de piercing, no sólo de nuestro país, sino de todo el continente. Liderada por Mauricio Torres, este proyecto logró que toda Sudamérica obtuviera piezas que superaban, con creces, el estándar común y, lo mejor de todo, a un precio mucho más accesible.

Este nuevo escalón ganado permitió que el body piercing zafara de los estereotipos, tribus urbanas, caricaturas y modas pasajeras, para establecerse y rescatar su génesis: ser un lenguaje y una forma de expresión. En esta reformulación, también la materialidad de los elementos utilizados para intervenir el cuerpo fue desarrollándose y adquiriendo formas, usos y tratamientos más complejos. Sin ir más lejos, algunas compañías norteamericanas como Industrial Strength y Anatometal, fueron las primeras en incluir cristales swarovski, ópalos y piedras naturales (como amatistas y jades), produciendo un progreso, a nivel de comunidad, lo que tuvo como resultado que el body piercing pudiera trabajar con una mejor joyería.

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Del mismo modo, aspectos más sutiles, pero no menos relevantes, comenzaron a asomarse. El público estableció una nueva relación con el arte corporal, ya no sólo buscando la grandilocuencia, sino apostando por otro tipo de variantes. Asimismo, los estudios y sus integrantes, entendieron que ya no sólo era necesario tener conocimientos técnicos sobre el área, ni menos bastaba trabajar con la mejor joyería, lo necesario, ahora, era conocer la génesis de este movimiento, la cual provenía de culturas milenarias. De ahí que el piercer, ya no sólo fuera considerado un mero técnico o profesional, sino que su oficio obtuvo un cariz artístico. El artesano, es otro de los actores que surge en este cambio, es él quien empieza a brindar particularidad a cada joya, creando pequeñas reliquias únicas e irreproducibles, hechas a mano, con un espíritu que, a pesar de su crecimiento, jamás dejó de mirar su origen: DIY o “Hazlo Tu Mismo”.

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Como consecuencia, los estudios lograron dar un nuevo paso y el campo evolucionó rápidamente; la oferta creció y el público se amplió y hoy podemos disfrutar de joyería cuztominzada, trabajada artesanalmente, donde se premia el trabajo manual, más que en serie, rescatando la identidad primitiva o ancestral de este campo e incorporando, en las piezas, materiales como fósiles, drusas o dientes de megalodón, haciendo de cada creación algo único e irrepetible

Hoy vivimos uno de los mejores momentos del body piercing: Por un lado, la tecnología y conocimiento de los artistas/expertos del área han logrado procedimientos menos invasivos que buscan menor traumatismos y, por otro, la gente dejó de buscar el extremo, en cuanto a los límites y al tipo de intervención corporal, dando preferencia a la estética; generando algo muy particular en este proceso, una lógica menos presuntuosa y que apunta hacia una mirada similar a la arquitectura de Mies Van de Roe, es decir: Menos es más.

En consecuencia y el gran triunfo es que hoy, el mundo del arte corporal, no erige culto a la cantidad, sino a la calidad.