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La Estética del Escalofrío

En un primer momento, Soichiro establece las normas. Nos dice lo que queremos lograr es casi imposible. Dice que a ningún extraño le ha sido permitido dar testimonio de las cosas que nosotros queremos documentar



En Japón a la gente no le gusta meterse en problemas. Por dos razones: primero, porque son una cultura muy reservada en la que el honor y la reputación son cosas de primerísimo orden, donde los problemas de por sí son mal vistos; segundo, porque si te metes en problemas con la persona no indicada puede costarte una buena paliza, o hasta la vida. Y en Japón está lleno de esas personas no indicadas; está lleno de miembros de la red de crimen organizado más grande del mundo: la yakuza. Se especula que son más de cien mil (repartidos en tres mil clanes) los miembros activos de la mafia japonesa, lo que (considerando que la superficie del país no llega a los cuatrocientos mil kilómetros cuadrados) hace muy posible que si vas caminando por cualquier calle en Japón uno de esos personajes ande por ahí cerca. Y son bravos. No es casualidad que lleven siglo y medio haciendo de las suyas. Tampoco es casual que hoy sigan haciendo sus negocios impunemente (moviendo, entre los tres clanes más grandes, alrededor de quince mil millones de dólares al año), aunque todo el mundo sepa más o menos quiénes son, dónde viven y cómo operan.

Acá es donde Anton Kusters entra en el juego. Este fotógrafo, viajero y diseñador gráfico pasó dos años visitando Tokio muy seguido para recolectar imágenes de uno de los clanes más grandes de la yakuza y del fantástico mito que cruza su tradición. Lo de Kusters son los escalofríos. No se trata de una investigación denunciante, es decir, no se trata de un reportaje ordenado de cómo operan las bandas criminales. Tampoco se trata de plasmar la brutalidad que nos muestran las películas sobre la yakuza, en las que la sangre marca el tono, ya sea producto de un brutal desmembramiento o la masacre de una niña obligada a prostituirse. El trabajo de Kusters es básicamente estético: juega con el peso del mito que hay detrás de la yakuza, mostrando escenas sugerentes, indirectas, frente a las cuales el observador se ve empujado a echar a andar su imaginación. Es menos directo que el reportaje y más sutil que la dramatización. Es fotografía del escalofrío.

Ahora, surge una pregunta inevitable: ¿cómo lo hizo Kusters para obtener las fotos?. ¿Cómo consiguió intimar con la yakuza? La respuesta es simple: después de diez meses haciendo contactos y tratando de ganarse la confianza del clan, Kusters, acompañado de su hermano, logró reunirse con uno de los mandamases del clan más poderoso de Tokio, para explicarle el sentido de su proyecto. Con desconfianza, el señor Soichiro finalmente aceptó. Y así fue como empezó una aventura de dos años, en la que cada fotografía tiene su propia historia.

El producto final es un libro titulado “ODO YAKUZA TOKIO” (“odo” quiere decir “la forma de la flor de la cereza”, que es el símbolo oficial de la familia yakuza predominante en Tokio), en el que se muestran en extenso las fotografías y se incluyen hojas con palabras japonesas dibujadas a mano, todo sobre un fino papel japonés, en una primera edición de quinientos ejemplares especialmente cuidada por Kusters, que se agotó en un mes.



Pero para que surja el escalofrío frente a las fotos, el observador debe saber algunas cosas. ¿Qué impresión puede causar un paquetito blanco si no se sabe que allí dentro va el dedo meñique de un subordinado arrepentido?

Para empezar, hay que saber que la yakuza tiene sus raíces en la cultura samurái, y que aún hoy los mafiosos cultivan fuertemente las artes marciales. La agilidad, técnica e inteligencia en el combate, con o sin armas, es una de sus características imperativas. Japón, antes de transformarse en un imperio unificado, funcionaba de un modo semejante al feudalismo. En ese contexto los samuráis eran empleados directos de los soberanos (señores feudales) y gozaban de gran prestigio y respeto. El samurái, sin embargo, era esencialmente un servidor; un samurái sin amo (sin un soberano que le diera órdenes), un “ronin”, era considerado indigno. El caso es que desde el año 1868 Japón inicia un fuerte proceso de unificación, cambiando el sistema al de un gobierno central, producto del cual muchos samuráis van quedando sin trabajo, abandonados y despojados de su dignidad, convertido en viles ronin. Muchos de ellos se vuelven mercenarios, algo así como guardias privados, pero pronto empiezan a asociarse para conformar sociedades cerradas de guerreros. Es en este momento cuando el samurái se da cuenta de que su amo puede ser otro samurái, y no necesariamente un feudal o un gobernador. Estas sociedades de guerreros funcionaban independientemente y ofrecían sus servicios a distintas localidades a cambio de comida u otras cosas. El poder que fueron ganando les permitió prontamente emprender distintos negocios ilegales, y es acá donde surge la yakuza tal como la conocemos hoy en día. Narcotráfico, tráfico de personas, extorsión a políticos y empresarios, prostitución, tráfico de armas, apuestas, lavado de dinero, contrabando, espectáculos, especulación de bienes inmobiliarios, pornografía y política fueron y siguen siendo sus especialidades. Después de la segunda guerra mundial, la yakuza creció de un modo alarmante, llegando a ser más grande que el ejército japonés. Es indudable que los negocios sucios de la mafia japonesa tienen mucho que ver con lo que los economistas dan en llamar “el milagro japonés”, es decir, la abrupta recuperación y fortalecimiento de la economía japonesa después del desastre de la guerra. Así, desde mediados del siglo XX los clanes han ido multiplicándose y diversificando sus negocios y procedimientos, de manera que si antes la yakuza se caracterizaba por un nacionalismo radical, hoy en día muchos clanes han comenzado a contratar ciudadanos coreanos. Pese a esto, se ha mantenido intacto un estricto código de honor que castiga severamente la deslealtad. De ahí que el castigo en este contexto se entienda como una demostración de arrepentimiento, algo que viene de parte del castigado y no del castigador, quien se remite pasivamente a recibir las disculpas. El típico ejemplo es la amputación del meñique: un ex miembro de la yakuza cuenta que su primer dedo lo perdió porque una vez contestó el teléfono y a su interlocutor (que era de mayor rango) no le gustó su forma de contestar. El subordinado se enteró del disgusto que había causado y por su propia cuenta debió cortase el dedo meñique con un alicate, para luego llevárselo de regalo al superior, que lo recibió sin mayor atención, dejando el paquete a un lado y haciendo un gesto de aprobación. Ahora, si el subordinado no se disculpa, arriesga un verdadero castigo, más brutal que la amputación de un dedo, y que evidentemente no será autoinfligido.



Si bien son ampliamente conocidas las escandalosas relaciones y tratados que han existido durante el siglo XX entre los jefes de la yakuza y los gobiernos oficiales, tanto japoneses como de otras naciones (EEUU, por ejemplo), este es un tema que no genera mayor revuelo. Lo que sí despierta preocupación en todo el mundo son las amplias y poderosas redes de comercio sexual que maneja la yakuza. Las principales fuentes para la explotación sexual son las niñas y niños chinos que son una carga para sus familias, y los menores de familias pobres de Filipinas, a quienes se les promete un trabajo digno y mejor calidad de vida.

Otra característica reconocida de los miembros de la yakuza son los tatuajes con los se cubren todo el cuerpo, salvo las partes que no cubre el kimono (pies, manos, cuello, rostro y parte del pecho). Impresionantes diseños de animales, árboles, figuras mitológicas y símbolos que hablan de la posición jerárquica, van desplegándose por la piel de estos hombres que se han entregado en cuerpo y alma a su clan y a la yakuza en general.

Hace poco la mafia japonesa salió a la palestra por la donación de muchísimas menestras para las víctimas del terremoto y el tsunami acontecidos en Japón el once de marzo de este año. Camiones cargados de pañales, frazadas y comida llegaban a los pueblos sin previo anuncio y sin entidades gubernamentales ni organizaciones humanitarias que pudieran explicar su procedencia. Los camioneros sólo cumplían con entregar la ayuda, que se estima equivalente a más de quinientos mil dólares en total. Mucha gente vio esto como un gesto humanitario, pero otros más suspicaces (como el periodista japonés Tomohiko Suzuki, experto en el tema), leyeron ahí una entrada perfecta para conseguir contratos con sus compañías inmobiliarias para el inminente proceso de reconstrucción. Sea como fuere, la yakuza está más viva que nunca, y hoy se encuentra participando activamente en la economía japonesa y la del mundo entero. Y sépase que, así como la yakuza, en el mundo operan más de diez mafias tan y más poderosas y perversas, a las que, al parecer, el mundo ya se ha acostumbrado, e incluso muchas veces encariñado. Los dejamos, entonces, con las imágenes de este mundo, un mundo tan real, tan espantoso y sensual al mismo tiempo, que da escalofríos.