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Alejandro Olivares
Texto: Tamara Meruane.

Viviendo la periferia

“Tienes que saber entrar, porque es muy violento llegar con una cámara a tirar fotos”

“Estéticamente es como la belleza de lo feo”



Pasó de observar desde la acera a internarse en algunas de las poblaciones más peligrosas de Santiago, para fotografiar parte de las violentas historias de las cuales nadie parece hacerse cargo, ni el Gobierno, ni los medios de comunicación, ni los propios habitantes de las mismas, quienes viven con miedo, incluso de sus propios vecinos.

Los residentes de la población “El Castillo” sonríen. Hoy es el gran día. Luego de varios años de espera viviendo en tomas, mojándose cada invierno y sufriendo las inclemencias del clima, hoy por fin les entregarán sus casas. La ministra de turno se presenta a la cita, en una nueva plaza en el centro de la villa, con juegos para los niños y áreas verdes. Alejandro Olivares (29), fotógrafo, también está ahí. Conoce a algunos de los jóvenes que recibirán las llaves de estas casas, que aunque pequeñas, son el reflejo de un nuevo comienzo, de una nueva esperanza. Al mes, suena el teléfono de Olivares, es uno de los vecinos de la villa, que le cuenta que en ese mismo lugar acaban de matar a un niño de seis años, producto de una balacera entre traficantes. Al sitio llega la prensa y la policía. Los niños dejan de salir y los pobladores vuelven a ser estigmatizados por los medios de comunicación. En la plaza, los más jóvenes pintan un mural en recuerdo de la víctima. Uno muy parecido a otro de los tantos que se pueden encontrar en las paredes de cada población de la periferia santiaguina, aquella en donde vive gente dejada a su suerte frente a un futuro incierto, en donde, por miedo, no entra la fuerza pública ni los bomberos, donde los teléfonos no funcionan porque se roban los cables de los mismos y donde Olivares ha pasado más de tres años retratando a la gente, bajo un ensayo llamado LIVING PERIFERIA.

Alejandro Olivares es chileno, fotógrafo activo y editor de fotografía del diario The Clinic, instancia que le ha llevado a desarrollar un trabajo profundo, extenso y muy premiado: ha ganado siete veces y en distintas categorías el Salón Nacional de Fotografía de Prensa. Esto, gracias a una observación crítica y exhaustiva de lo que le rodea, desarrollada en parte por las dificultades que enfrentó al iniciar su carrera. Cuando quiso estudiar, no tenía dinero para hacerlo; fue entonces cuando se dio cuenta de que la adversidad, como base temática, podía llegar a ser un aspecto valioso en su mirada como fotógrafo. “Al no tener medios, tienes que cunetear, callejear mucho y trabajar en un montón de cuestiones, entonces estás en contacto con la gente y la calle. Estás mirando permanentemente, lo cual te ayuda mucho a la creatividad, mucho más que si tuvieras las cosas cómodas o todo ordenado. En la foto tienes que saber relacionarte con la gente. Tienes que saber dónde hay una buena foto o una buena historia. Tienes que saber entrar, porque es muy violento llegar con una cámara a tirar fotos”.

“Esto no es nada igual a lo que ves en la tele/ Esto es tres veces más real y brutal que un banal best seller”

Para Olivares, entrar en las poblaciones no fue fácil. La propia gente que vive ahí, habita encerrada bajo rejas de dos metros, con temor a sus propios vecinos, en un submundo en donde hay delincuentes, reductores de especies, lanzas, violadores y sobre todo gente con mucho rencor. Fue así que para conseguir ser aceptado, debió acercarse a algunas personas que conoció cuando niño, quienes funcionaron como sus primeros contactos. Luego, con diversos personajes con los que se había relacionado a través de su trabajo en el diario, pudo entrar, pero no fue suficiente para que confiaran en él, porque muchos creían que estaba espiándolos. No obstante, fue un amigo, que jugaba en una liga de fútbol dentro de estas poblaciones, quien sirvió como un nexo certero para poder retratar la vida en la periferia santiaguina.

Hasta que llegó ese momento, Olivares pasó mucho tiempo en las poblaciones solamente observando, empapándose del cotidiano, conversando con la gente. Para él, lo más complicado fue hacerse invisible dentro del contexto: “Cuando yo iba con la cámara estaban todos pendientes de mí y empezaban a fingir su vida y no era lo que quería. Quería que siguieran normales; conseguir eso es lo más difícil. Todos me decían que les tomara una foto. Pasaban horas así y yo les decía que conversáramos, que me llevaran a su casa. Me preguntaban mil veces qué andaba haciendo y les explicaba. Al mes siguiente, volvían a preguntarme lo mismo”.



?Y tú sentías eso en el aire, la desconfianza, el estrés?

–Sí, se siente. Yo iba a comprar a un almacén que estaba completamente cerrado y te atendían por una ventanilla. Imagínate que no era un banco y ya los habían asaltado mil veces. Yo hablaba con los vecinos y me decían que estaban aburridos de la situación. Olvida pasearte de noche. A esa hora tienes que andar en auto y fijarte que el pasaje por donde vas tenga salida, porque la gente se encierra y no precisamente porque sea millonaria, sino porque tienen que encerrarse. Hay mucha violencia, mucho resentimiento.

“Los niños ya no saludan con un hola/ Saludan con una mano en sus calzoncillos/ Y con la otra apretando el gatillo fino de una pistola”

En una de esas tantas esperas, Olivares estaba en un auto y una niña pequeña se le acercó y le dijo: “vuelva más rato, aún no ha llegado nada”. Como ella, hay muchos niños que se relacionan con narcotraficantes, los cuales les prestan armas para ajustar cuentas. Así, mas tarde, los pequeños les deben su lealtad y se transforman en sus soldados.

?Qué aprendiste relacionándote con la gente en LIVING PERIFERIA?

-No mucho. No hay mucho que aprender. Me di cuenta que es una mierda. Que el Gobierno es una mierda, que la sociedad es mierda. Que toman a los que no les sirven, los tiran para un lado y los tienen encerrados. Aprendí que el 90% de las personas que vive ahí se esfuerza muchísimo trabajando y que más encima se tiene que comprar una pistola para que no los maten en la casa. Te das cuenta y te aclara que hay un grueso de personas estigmatizadas, encerradas, asustadas, juntando miedo. Más que aprender, es darte cuenta en terreno de cómo funciona el sistema. Yo vi a estos niños que en menos de dos años han evolucionado desde andar jugando a asaltantes, a asaltar el camión de gas para robar dinero. Y así van creciendo. Unos se van para la droga y los menos entrarán a estudiar. Entrar a esas poblaciones es un suplicio. Si entras en micro te asaltan una y mil veces. Y a esa gente la siguen juntando. Hay un sitio habitado ilegalmente, toman a la gente de ese lugar, los juntan, les hacen unas casas de dos metros para diez personas ?Cómo no se van a volver locos? Además, las políticas de natalidad son lo peor. Los niños están teniendo guaguas como locos y ahí quedan. Jóvenes de 20 años que ya tienen tres niños. No tienen dinero, no tienen escuelas, ?y qué van a hacer? Se van a criar en la calle y en la calle no van a aprender nada bueno.



?Qué es lo que te motiva a retratar este tipo de historias?

-Yo creo que es la calle. Insisto que es muy rico lo que pasa ahí, visualmente y en cuanto a historias. Es muy intenso y fuerte. Es interesante ver los círculos viciosos y cómo los medios de comunicación tapan las realidades. Estéticamente es como la belleza de lo feo. Me gusta fotografiar a los niños metidos en la basura, porque uno está cumpliendo una labor social de registrar y guardar y ojalá poder ayudar a que eso no siga pasando. Me gusta trabajar en la calle. Si en el diario me tocan muchos retratos al mes, me pudro. Mientras más tiempo pueda estar en la calle, mejor. Me gustan las cosas sórdidas, los antros. Son otros los mundos que sacas a la luz. Hay gente que ve mis fotos y me pregunta de dónde son y yo les digo: “de al lado de tu casa”, pero la gente no cree.

Ahora quieres fotografiar desde el lado de la policía ?Cómo nace la inquietud?

-Nace de querer saber cómo se mueve todo. Quiero saber cómo funciona la policía en los allanamientos, cómo entran a los lugares. Además, al entrar con la policía, puedo meterme en lugares más difíciles. Yo no sé qué pasa en estas situaciones y quiero ver lo que pasa; lo que he visto en los programas de televisión no me parece real, por eso tengo que verlo con mis propios ojos. Quiero que me pongan un chaleco antibalas y meterme a mirar desde el lado represivo. No sé con qué me voy a encontrar, probablemente no me interese nada y se termine el tema ahí, o tal vez me interese mucho y termine tomando café con la policía, quién sabe.

Los subtítulos son del tema “Casas bajas”, del grupo Salvaje Decibel.